Durante décadas, los expertos nos han contado que la felicidad humana dibuja una especie de U a lo largo de la vida: baja en la mediana edad por las presiones del trabajo y la familia, y sube de nuevo cuando llega la jubilación y se aligera la carga. Pero un estudio reciente, publicado en la revista PLOS One, pone todo eso en duda. Basado en encuestas a más de 10 millones de personas en Estados Unidos y 40.000 en el Reino Unido, revela que esa curva se ha invertido. Ahora, los jóvenes de unos 22 años se sienten más desdichados que sus padres a la misma edad. No es un cambio sutil; es un giro radical que obliga a cuestionar qué está fallando en cómo crecen las nuevas generaciones.

El análisis muestra que no son los adultos de mediana edad los que de repente se alegran más, sino que los chicos de finales de la adolescencia y principios de los veinte –la generación Z– están lidiando con niveles mucho más altos de ansiedad y desesperación que sus predecesores. La salud mental emerge como el gran culpable. Muchos jóvenes arrastran un malestar diario que les frustra y les agota, y las chicas parecen sufrir esto con más intensidad. Piensa en lo que implica: en lugar de la clásica «joroba de infelicidad» en los cuarenta, ahora el pico de descontento está en la juventud, y solo mejora con los años. Los datos de Estados Unidos, por ejemplo, comparan periodos de 2009-2018 con 2019-2024, y la línea roja de los últimos años muestra un ascenso claro del malestar entre los más jóvenes, borrando esa curva tradicional.
En el Reino Unido pasa algo parecido: los perfiles de infelicidad bajan con la edad en los datos recientes, pero los treintañeros y cuarentones no cambian mucho, mientras que los veinteañeros están peor que nunca. Y esto no es solo un problema anglosajón. El estudio incluye datos de otros países, como España, a través del Global Mind Project entre 2020 y 2025. Aquí, un 13,6% de los españoles de 18 a 24 años reportan angustia psicológica grave, cifra que cae a la mitad en los 35-44 y se reduce drásticamente en los mayores de 65. Con una muestra de casi 48.000 personas, el 7% de los españoles admite no tener una buena salud mental. Si miras los gráficos, es evidente: la curva de la felicidad se aplana o invierte en todo el mundo.
¿Qué hay detrás de esto? Los investigadores apuntan a presiones académicas y sociales que aplastan a los jóvenes, el bombardeo constante de redes sociales que distorsiona la realidad, la inestabilidad económica que hace que el futuro parezca un abismo, y una falta de apoyo emocional agravada por el estigma alrededor de la salud mental. No es casualidad que el uso de smartphones se relacione directamente con este deterioro; es causal, según el estudio. Y los números lo confirman: en EE.UU., los suicidios son la cuarta causa de muerte entre los 15 y 29 años, y las prescripciones de antidepresivos en adolescentes británicos se duplicaron entre 2005 y 2017, con un pico tras la pandemia.
Esto no es solo una estadística fría; tiene consecuencias reales que podrían minar el tejido social. Jóvenes con depresión curan peor las heridas físicas, terminan más en hospitales y, a largo plazo, una generación desmotivada podría traducirse en menos innovación, mayor absentismo laboral y un peso enorme para los sistemas de salud y pensiones. Imagina una sociedad donde los que deberían impulsar el cambio se sienten atrapados en la frustración: ¿cómo avanzamos si el motor está gripado? Fomenta un círculo vicioso, donde el malestar juvenil alimenta desigualdades que perduran.
Al final, los gobiernos y las autoridades educativas no pueden mirar para otro lado. Han de invertir en campañas reales contra el estigma de la salud mental, regular el impacto de las redes sociales y crear redes de apoyo accesibles desde la escuela. Si no actúan ahora, esta infelicidad no será solo un bache generacional, sino una grieta que fracture la sociedad entera. Es hora de que los responsables asuman su parte y prioricen a estos jóvenes, no como un problema futuro, sino como una urgencia presente.
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