Son el Todo y Hablan en Nombre de Todos

En un mundo saturado de ruido político y discursos grandilocuentes, hay una práctica que se ha vuelto insoportable: la arrogancia de quienes se autoproclaman portavoces universales, los que dicen saber qué quiere «el pueblo», qué necesita «la sociedad» o qué anhela «todos». Estos personajes, a menudo políticos, pero también figuras públicas o autodenominados líderes de opinión, se apropian de la voz colectiva con una certeza insultante, como si las complejidades, contradicciones y matices de millones de individuos pudieran reducirse a un eslogan conveniente o una narrativa simplista. Peor aún, muchos de ellos focalizan su discurso en «los pobres» como si fueran los únicos habitantes de la sociedad, ignorando olímpicamente las realidades de la clase media, la clase alta o los empresarios. Este hábito no solo es condescendiente, sino profundamente manipulador, y merece ser cuestionado con la misma vehemencia con la que ellos pretenden hablar por todos.

Son el Todo y Hablan en Nombre de Todos

La estrategia es tan vieja como la política misma: invocar el «nosotros» para legitimar agendas personales o partidistas, a menudo centrándose en «los pobres» como bandera emocional. «Todos queremos seguridad», proclaman, mientras ignoran que la definición de seguridad varía según la perspectiva, el contexto y las experiencias individuales. «Todos queremos progreso», aseguran, sin detenerse a preguntar qué significa progreso para una madre soltera en un barrio marginal, para un estudiante endeudado, para un pequeño empresario asfixiado por impuestos o para un profesional de clase media que apenas llega a fin de mes. Esta retórica del «todos» no busca representar, sino homogeneizar. Es un arma discursiva que aplasta la diversidad de opiniones y necesidades bajo el peso de una supuesta voluntad colectiva, moldeada a conveniencia del orador, y que a menudo excluye a quienes no encajan en el relato de la pobreza como único problema social.

Lo más exasperante es la hipocresía implícita en estos discursos. Quienes hablan en nombre de todos, o específicamente de «los pobres», rara vez se han ensuciado las manos escuchando a las personas reales. Sus «todos» no incluyen las voces marginadas que no se ajustan al estereotipo, ni las preocupaciones de la clase media que sostiene con sus impuestos las promesas populistas, ni los desafíos de los empresarios que generan empleo, ni las perspectivas de la clase alta que podría contribuir al bien común si se le incluyera en un diálogo genuino. Cuando un político sube al estrado y dice «esto es lo que el pueblo quiere», lo que realmente está diciendo es «esto es lo que yo quiero que el pueblo quiera». Es un acto de ventriloquía social, donde la sociedad entera —pobres, clase media, empresarios y ricos— es reducida a un muñeco sin voz, movido por los hilos de quien ostenta el poder o la influencia.

Esta apropiación de la voluntad colectiva, con su obsesión por hablar solo de «los pobres» mientras se ignora al resto, no es solo un problema de arrogancia; es una amenaza a la democracia misma. Al asumir que saben lo que «todos» quieren, estos líderes deslegitiman el debate, la disidencia y la pluralidad. Si «todos» están de acuerdo, ¿para qué escuchar? Si «todos» quieren lo mismo, ¿por qué negociar? Esta mentalidad fomenta la polarización, porque convierte cualquier crítica en un ataque al supuesto consenso universal. Quien discrepa no solo está en desacuerdo con el político, sino con «todos», y por ende, queda marginado como traidor o ignorante. Es una trampa retórica diseñada para silenciar y controlar, mientras se desdeñan las necesidades de la clase media que lucha por estabilidad, los empresarios que enfrentan trabas burocráticas o la clase alta que es caricaturizada como desconectada.

La próxima vez que alguien diga «todos queremos», deberíamos responder con una pregunta: ¿quiénes son esos «todos»? Porque, en realidad, nadie puede hablar por todos, y pretenderlo es un insulto a la diversidad y la libertad de pensamiento que define a una sociedad.


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