Imagina pasar la vida trabajando sin parar, ahorrando para un retiro que quizás ni llegue, y de repente, un puñado de jóvenes decide romper con eso. En Nueva York, grupos de veinteañeros se reúnen para vender una idea simple: invierte en fondos que pagan dividendos jugosos y usa ese dinero para dejar el empleo de una vez. No más jefes, no más alarmas matutinas. Suena liberador, ¿verdad? Pero detrás de esa promesa hay un riesgo enorme que pocos ven venir.

Eli Breece, un exanalista inmobiliario de 26 años, es uno de los cabecillas. Ha metido sus ahorros en un portafolio de dividendos y ya sacó 40.000 dólares para la entrada de su casa en Tennessee. En su canal de YouTube, con más de 200.000 seguidores, predica que no hace falta esperar a los 65 para disfrutar la vida. Su abuelo curró en una fábrica toda la existencia; él quiere libertad ahora. No es un caso aislado. La generación Z, harta de la inflación y los pisos imposibles, se ha enganchado a esta moda. En 2025, los fondos de alto rendimiento se llevaron una sexta parte de todo el dinero que entró en ETFs de acciones, hinchando el sector hasta los 750.000 millones de dólares. Comunidades en redes sociales han multiplicado por diez sus miembros, hasta 780.000 almas buscando la salida.
El problema es que no todo es tan bonito. Estos fondos no son las clásicas acciones de Coca-Cola o Exxon, que pagan dividendos estables. Aquí entran en juego ETFs complicados, con derivados y apuestas en opciones que prometen rendimientos del 8% o más. El volumen de los más agresivos se ha cuadruplicado en tres años. Pero los expertos lo ven claro: es una ilusión. Samuel Hartzmark, profesor de finanzas en Boston College, lo llama el «engaño de los dividendos gratis». La gente trata las pagas como dinero extra, sin darse cuenta de que salen del propio valor del fondo. Reinviertes lo que te devuelven y aún así, el fondo pierde terreno frente a índices básicos. Toma el caso de MSTY, ligado a una empresa de Bitcoin: presume de un 90% de reparto, pero desde su lanzamiento en 2024 ha quedado 120 puntos por detrás de su base, incluso contando las reinversiones.
Otro ejemplo es Cesar Arteaga, un ingeniero de 27 años que probó suerte con opciones y criptos volátiles antes de caer en esto. Perdió 15.000 dólares en trades, los recuperó con memecoins y ahora ha metido 160.000 dólares –de la venta de su casa y coches, más préstamos– en ETFs de YieldMax. «Es adictivo», admite. Pero pros como Benn Eifert, de un hedge fund, lo despachan sin piedad: «Te devuelven tu propio dinero, y el fondo se hunde». Encima, las impuestos pegan más duro, porque estos derivados no tienen el tratamiento fiscal favorable de dividendos normales.
Al final, gestores de fondos y reguladores deberían poner el freno. Estos productos se venden como salvavidas financieros, pero sin advertencias claras, alimentan una burbuja que puede estallar en caras jóvenes. Si la sociedad sigue premiando el corto plazo sobre la solidez, acabaremos con una generación endeudada y sin red, amplificando desigualdades que ya asfixian a los millennials. Vale la pena preguntarse: ¿es libertad real o solo otro hustle disfrazado?
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