Viejos hipócritas

Cada vez que enciendo la radio o la televisión, siento una profunda indignación al escuchar a ciertos comentaristas, políticos y figuras públicas —muchos de ellos mayores de 30 años— hablar con una ligereza alarmante sobre la posibilidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio o enviar a nuestros jóvenes a conflictos armados. No me refiero a todas las personas de cierta edad, sino a aquellos que, desde una posición de seguridad personal, defienden estas medidas sin considerar sus graves consecuencias. Parecen pensar que, por no tener 18 años, están exentos de los efectos de sus propuestas. Pero están equivocados. En tiempos de guerra, nadie queda al margen: los reclutamientos forzados, como hemos visto en conflictos recientes como el de Ucrania y Rusia, afectan a adultos jóvenes, pero también a personas de mayor edad e incluso, en casos extremos, a menores en roles no combatientes. Informes de organizaciones internacionales han documentado cómo ambos países han ampliado los rangos de edad para el servicio militar, afectando a hombres de hasta 60 años en algunos casos. Aunque no estés en el frente, las consecuencias de la guerra —hambre, desplazamiento, violencia— no discriminan por edad.

Viejos hipócritas

Lo que más me indigna es la contradicción de estas personas. Muchos de ellos condenan la posesión de armas personales, tachando de irresponsables a quienes las tienen en casa, como en Estados Unidos o Suiza. Sin embargo, no dudan en abogar por enviar a jóvenes a la guerra, donde las armas son inevitables. Por ejemplo, escuché en un programa de radio a un comentarista defender el servicio militar obligatorio, citando a Suiza como modelo, pero omitiendo que en ese país la posesión de fusiles de asalto en los hogares es común debido a su sistema de defensa. Esta contradicción revela una falta de coherencia: critican las armas en un contexto, pero las aceptan cuando se trata de enviar a otros al frente.

Esta hipocresía queda aún más clara en un caso real que presencié. Durante una discusión, una persona que defendía apasionadamente la vuelta del servicio militar obligatorio —y que, por cierto, tenía hijos adolescentes— admitió que, en su juventud, evitó hacer el servicio presentando una objeción de conciencia. Este hecho no es aislado; en países donde el servicio militar fue obligatorio, como España hasta 2001, miles de jóvenes solicitaron objeción de conciencia para evitarlo, según datos históricos. Sin embargo, algunos de esos mismos individuos ahora defienden que los jóvenes de hoy pasen por esa experiencia que ellos rechazaron. ¿Cómo pueden exigir a otros lo que no estuvieron dispuestos a hacer?

No niego que el servicio militar obligatorio pueda tener argumentos a favor, como la preparación para la defensa nacional o el fomento de la disciplina, como ocurre en países como Suiza o Israel. Pero estas razones no justifican obligar a jóvenes a enfrentarse a los horrores de la guerra o a un entrenamiento militar forzoso sin considerar su voluntad o las consecuencias a largo plazo. La guerra no es una película de Hollywood, ni el servicio militar unas vacaciones. Implica traumas físicos y psicológicos, riesgos reales y, en muchos casos, la pérdida de vidas jóvenes con un futuro por delante.

Por eso, hago un llamado a la reflexión. A los jóvenes, les pido que alcen la voz, que participen en el diálogo y exijan que la diplomacia sea siempre la primera opción. A todos, les insto a recordar que, en una guerra, nadie queda a salvo de sus consecuencias. En lugar de abogar por el reclutamiento obligatorio, los gobiernos deberían invertir en ejércitos profesionales bien entrenados y equipados. En lugar de gastar en lujos, como coches oficiales o eventos innecesarios, los políticos deberían destinar recursos a fortalecer la defensa profesional y a promover soluciones diplomáticas que eviten conflictos. La guerra no debe ser la respuesta, y menos aún a costa de nuestra juventud.


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