¡Oh, qué maravilla el mundo moderno de las suscripciones! Ese paraíso digital donde todo comienza con una «prueba gratis» que te engancha como un anzuelo en la boca de un pez despistado, solo para sacarte el hígado a mordiscos mensuales. ¿Recuerdas cuando comprabas algo una vez y era tuyo para siempre? Qué tiempos tan arcaicos, ¿verdad? Ahora, las empresas han descubierto el santo grial: cobrar por aire, por funciones que deberían ser básicas, y por el privilegio de no sentirte un paria tecnológico. ¡Bravo por el capitalismo voraz!

Tomemos, por ejemplo, esa app que descargas gratis de la tienda, prometiendo resolver tu vida con un par de clics. «¡Prueba nuestra versión básica!», te dicen con una sonrisa virtual. Y ahí vas tú, iluso, pensando que has encontrado el tesoro. Pero oh, sorpresa: para desbloquear la función que realmente necesitas, tienes que suscribirte. ¿Y cuánto? No dos o tres euros al mes, no señor. Directo a los 299 euros mensuales, como si estuvieras financiando el yate del CEO. ¿Término intermedio? ¿Una opción asequible para mortales? Ja, eso sería demasiado humano. Mejor saltar del gratis al «vende un riñón» sin escalas. Porque, claro, ¿Quién necesita gradaciones cuando puedes extorsionar con estilo?
Y no hablemos de las series de televisión, ese pozo sin fondo de «solo un episodio más». Te dan una semana gratis en la plataforma de streaming, donde bingeas como un poseso, y luego ¡zas! 15 euros al mes por un catálogo que cambia más que el clima en abril. ¿Quieres ver esa serie exclusiva? Suscríbete. ¿Otra plataforma para la secuela? Otra suscripción. ¿Y si cancelas? Pierdes todo, porque nada es tuyo; solo alquilas píxeles efímeros. Entiendo que los creadores necesitan vivir –pobrecitos, con sus mansiones en Malibú–, pero ¿en serio? ¿Cuántas de estas podemos acumular antes de que nuestro presupuesto mensual parezca el de un país en quiebra?
Pero espera, que la cosa se pone aún más ridícula. Ahora hasta tu coche te pide suscripción para que las funciones «premium» funcionen. ¿Calefacción en los asientos? Paga extra al mes. ¿Navegación actualizada? Otro mordisco. Y no, no exagero: hay marcas que cobran por desbloquear el potencial de un vehículo que ya pagaste completo. ¿Y qué tal el cepillo de dientes inteligente? Sí, ese que vibra más rápido si suscribes al plan pro. Porque, evidentemente, cepillarte los dientes como un cavernícola no es suficiente; necesitas datos analíticos y recordatorios push por 10 euros mensuales. ¡Genial! Pronto tendremos suscripciones para respirar: «Prueba gratis un mes de oxígeno ilimitado, luego 50 euros o asfíxiate».
La gran pregunta, queridos lectores, es esta: ¿Cuántas suscripciones podemos pagar al mes sin acabar mendigando en la calle? Si sumamos Netflix, Spotify, Adobe, el gym virtual, el almacenamiento en la nube, el antivirus que te espía, el coche que se rebela sin pago, y hasta el maldito cepillo de dientes… ¿Qué salario en el mundo alcanza? Ninguno, por supuesto. Los sueldos estancados mientras las suscripciones se multiplican como conejos en primavera. Es el sueño húmedo de las corporaciones: ingresos recurrentes para siempre, mientras nosotros jugamos a la ruleta rusa con nuestras finanzas. ¡Bienvenidos al futuro, donde posees nada y pagas por todo! ¿No es sarcásticamente encantador?
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