McBurger 2030

En el año 2030, el McBurger se erige como un bastión de la eficiencia automatizada, un templo reluciente de neón y acero donde el aroma a frituras sintéticas se mezcla con el zumbido constante de servidores cuánticos. Al cruzar las puertas automáticas, que se abren solo tras un escaneo facial preliminar para verificar tu historial de lealtad corporativa, te encuentras en un salón vacío de almas humanas. No hay sonrisas forzadas detrás de un mostrador, ni el bullicio de empleados precarios; en su lugar, un kiosco central, una torre esbelta de pantallas holográficas, te saluda con una voz suave y omnisciente. «Bienvenido de nuevo, Ciudadano López», susurra la IA, mientras un rayo láser invisible escanea tu iris, accediendo instantáneamente a tu perfil biométrico enlazado con la red global de datos. No eliges tú; ella elige por ti, analizando tu historial médico reciente –tu nivel de colesterol elevado de la última visita al médico estatal–, el conteo exacto de tus incursiones a McBurger en los últimos doce meses (doce veces, una más de lo recomendado por el algoritmo de bienestar), y el estado precario de tus finanzas, donde tu salario digital apenas roza el umbral de subsistencia tras las deducciones automáticas por emisiones de carbono personal.

McBurger 2030

Pero la indulgencia no es gratuita en este paraíso distópico. La IA, con su lógica implacable, cruza tus datos con los registros gubernamentales: ¿Tienes multas pendientes por exceso de velocidad en tu vehículo autónomo? ¿Has osado criticar al régimen en las redes sociales esta semana, quizás un tuit efímero sobre la escasez de agua potable? Si la respuesta es afirmativa, la pantalla parpadea en rojo, denegando el acceso con un mensaje educado pero firme: «Para su propio bien y el de la sociedad, le recomendamos una opción más saludable en el EcoMart estatal». Asumiendo que pasas el filtro, surge una tasa extra, un castigo sutil por tu negligencia pasada: la última vez, no levantaste la bandeja de la mesa, dejando rastros de migas que un dron de limpieza tuvo que procesar, y fallaste en separar los envases –el plástico del envoltorio de la hamburguesa no fue al contenedor azul, sino al verde–. Esto suma un 15% adicional al costo base, un recordatorio de que en 2030, cada acción es monitoreada, cada error es facturado.

La factura final es un monumento al intervencionismo fiscal: solo el 10% corresponde al menú en sí –una hamburguesa de carne cultivada en laboratorio, con vegetales hidropónicos y un pan sin gluten optimizado para tu ADN–, mientras que el 90% restante se desvanece en impuestos medioambientales, contribuciones a fondos de reforestación obligatoria y cuotas por el «privilegio de consumo calórico». Todo se deduce automáticamente de tus monedas digitales, esa criptodivisa estatal que fluye como sangre en las venas de la economía controlada. Si tu saldo es insuficiente, la IA te ofrece un «préstamo de emergencia» con intereses usureros, vinculado a tu próximo cheque de subsidios. Finalmente, con un clic mecánico, una compuerta se abre en la pared, revelando tu pedido envuelto en empaques biodegradables inteligentes que se disuelven si no los reciclas correctamente. Detrás del muro invisible, un enjambre de robots –silenciosos, incansables, sin sindicatos ni demandas– ha ensamblado tu comida en segundos, guiados por algoritmos que optimizan cada gota de aceite y cada gramo de proteína. Saldrás de allí con el estómago lleno, pero el alma un poco más vacía, preguntándote si la comodidad vale el precio de la libertad perdida.


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