El Hombre con la Suerte al Revés

Érase una vez, en un pueblo pequeño que no salía ni en los mapas, un hombre llamado Jacinto Piesdeplomo. No destacaba por ser alto ni bajo, ni especialmente apuesto ni desaliñado, pero tenía algo que lo hacía único: ¡la peor suerte del mundo! Si Jacinto compraba un paraguas, el sol brillaba sin parar durante semanas. Si se mudaba a un país, ¡zas!, ese lugar entraba en crisis antes de que pudiera colgar los cuadros. Y en los negocios, mejor no hablar: si invertía en una panadería, de repente todos se ponían a dieta. Si ponía un euro en la bolsa, ¡pum!, el mercado caía como si alguien hubiera apagado la luz. Jacinto era, sin duda, el campeón de la mala suerte.

El Hombre con la Suerte al Revés

Al principio, Jacinto se pasaba los días lamentándose. “¡Vaya fortuna, siempre me toca la peor parte!”, decía, mientras su último negocio, una tiendecita de helados, quebraba porque aquel verano llovió sin parar. Pero Jacinto no era de los que se rinden. Una noche, mientras cenaba un plato de sopa que se le había quedado fría (porque el microondas también se le estropeó), tuvo una idea brillante. “Si mi mala suerte es tan poderosa que puede hundir lo que toque, ¿por qué no usarla a mi favor?”. Con una sonrisa astuta, Jacinto empezó a trazar un plan que cambiaría su vida.

A la mañana siguiente, se puso su mejor traje (que, cómo no, tenía una mancha que no había visto) y se presentó como “Jacinto Fortunato”, un supuesto inversor con ojo para los negocios. Consiguió una cita con Don Próspero, el director de MegaCorp, una empresa que fabricaba desde tornillos hasta aviones. Con una libreta vieja y un boli que apenas escribía, Jacinto fingió tomar notas mientras charlaba con Don Próspero. “Dígame, señor, ¿es su empresa lo bastante fuerte para mi inversión?”, preguntaba, ajustándose las gafas con aire serio.

Don Próspero, orgulloso, le contó maravillas sobre su empresa: sus fábricas, sus beneficios y sus acciones en lo más alto. Jacinto asentía, pero al final de la reunión, se acercó y, con tono confidencial, dijo: “Le voy a ser sincero, Don Próspero. Soy el hombre con más mala suerte del mundo. Si invierto en su empresa, mañana sus acciones valdrán menos que un céntimo”. Don Próspero se rió, pensando que era una broma. “¡Anda, qué cosas dices! ¡Eso no puede pasar!”. Jacinto, muy serio, le dejó una tarjeta con su número. “Si mañana sus acciones caen, llámeme. No diga que no le avisé”.

Y, ¡vaya si pasó! Al día siguiente, las acciones de MegaCorp se desplomaron sin explicación. Don Próspero, con el teléfono en la mano y el rostro pálido, llamó a Jacinto. “¡Por favor, no inviertas en mi empresa! ¡Te pagaré lo que sea!”. Jacinto, con una sonrisa amable, aceptó un buen cheque a cambio de prometer que no tocaría MegaCorp. Y así empezó su gran jugada.

La noticia corrió como la pólvora. Jacinto repetía el truco: se presentaba como inversor, contaba su historia de mala suerte y, como por arte de magia, las empresas temblaban. Pronto, los directivos lo recibían con los brazos abiertos, pero no para que invirtiera, ¡sino para que no lo hiciera! Le pagaban sumas importantes por firmar acuerdos en los que juraba no meter un céntimo en sus negocios. “¡Jacinto, mantente lejos de nuestras acciones, por favor!”, le decían, mientras le entregaban sobres con dinero.

El asunto llegó tan lejos que hasta los gobiernos se enteraron. Cuando Jacinto decía que iba a visitar un país, los presidentes le enviaban emisarios con billetes de avión a otro destino. “¡Vete de vacaciones a otro lado, Jacinto, que nosotros pagamos!”, le decían. Y así, Jacinto, que antes no tenía ni para un café, acabó viviendo como un señor, viajando por el mundo con una sonrisa y un plan que nunca fallaba.


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