Cracker Barrel, la cadena de restaurantes que muchos asocian con el encanto sureño y la comida casera, se metió en un lío al intentar modernizar su imagen con un nuevo logo. Lo que parecía un cambio inofensivo desató una furia en redes sociales, con críticas de figuras como Donald Trump y una caída del 9% en sus acciones en una semana, lo que equivale a 94 millones de dólares evaporados. Este caso es un recordatorio contundente de que las marcas deben hacer lo que saben hacer y no meterse en guerras culturales que no les competen.

La controversia empezó cuando Cracker Barrel, con más de 50 años de historia y 660 locales, decidió gastar 700 millones de dólares en un rebranding. Cambiaron el logo, eliminando la figura de «Uncle Herschel» —el hombre en la barrica que representaba su esencia tradicional— por un diseño minimalista. Las redes estallaron. Conservadores como el podcaster Benny Johnson y Donald Trump Jr. acusaron a la cadena de ceder al «wokeísmo», comparándolo con el desastre de Bud Light. En X, el hashtag se llenó de quejas y amenazas de boicot, mientras Trump, desde Truth Social, sugirió revertir el cambio y usar la polémica como una oportunidad publicitaria.
La respuesta de Cracker Barrel no ayudó mucho. Dijeron que «Uncle Herschel» sigue en menús y tiendas, pero defendieron el nuevo logo como parte de su esfuerzo por atraer a generaciones jóvenes. Este intento de quedar bien con todos solo avivó las críticas. Los clientes no querían un Cracker Barrel «moderno» que pareciera copiar a Starbucks; querían la nostalgia y la autenticidad que los llevó ahí en primer lugar. La lección es clara: cuando una marca se desvía de su esencia para seguir tendencias o agendas que no le corresponden, el resultado puede ser un desastre.
La responsabilidad cae en la dirección de la empresa, especialmente en la CEO Julie Felss Masino, cuya experiencia en Starbucks parece haber inspirado un cambio que no encajaba con la identidad de Cracker Barrel. Las marcas no son plataformas para dar lecciones de vida ni para meterse en debates políticos. Su trabajo es ofrecer un producto o servicio, no dividir a sus clientes en bandos. Al ignorar lo que su base valora, Cracker Barrel convirtió un cambio de logo en un símbolo de algo mucho más grande: la frustración de la gente con empresas que intentan ser algo que no son.
Este fiasco tiene consecuencias que van más allá de las pérdidas financieras. Para Cracker Barrel, el desafío es reconstruir la confianza de clientes que sienten traicionada su lealtad. Para la sociedad, casos como este alimentan la polarización, convirtiendo decisiones corporativas en batallas culturales. Cada logo nuevo o campaña parece obligarnos a tomar partido, cuando lo único que queremos es disfrutar de una comida sin sentir que nos están predicando. Las marcas deben aprender de una vez: zapatero a su zapato. Si Cracker Barrel se hubiera enfocado en sus platos caseros en lugar de jugar a ser modernos, no estaría en este embrollo. La pregunta es si otras empresas tomarán nota o seguirán tropezando con la misma piedra.
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