¿Cuándo nos hemos vuelto tan idiotas?

Oh, humanidad, qué bajo hemos caído. En un mundo donde podríamos estar aprendiendo a no tropezar con el mismo cable dos veces, hemos decidido que nuestra máxima aspiración es coleccionar muñecos Labubu. Sí, esos bichos peludos con dientes de tiburón y mirada de gremlin que alguien, en un ataque de fiebre creativa, decidió etiquetar como «adorables». ¿En qué momento exacto se nos cortocircuitó el cerebro para que esto se convirtiera en una obsesión global?

¿Cuándo nos hemos vuelto tan idiotas?

Todo empezó con Kasing Lung, un artista hongkonés que claramente sabe cómo sacarle el jugo a nuestra debilidad por lo absurdo. Desde 2015, estos monstruitos han colonizado estanterías, bolsos y la poca dignidad que nos quedaba, cortesía de Pop Mart y su brillante idea de venderlos en cajas sorpresa. Porque, claro, ¿qué hay más emocionante que tirar el sueldo en una lotería donde el premio es un Labubu de edición limitada o uno que parece que lo diseñó un niño enojado con un rotulador? El éxtasis del consumismo puro, señores.

Y luego está el «efecto Lisa». Porque, al parecer, si una integrante de BLACKPINK dice que algo mola, el mundo entero apaga el cerebro y corre a la tienda como si no hubiera un mañana. Lisa, con su ejército de fans y su colección de Labubus, ha convertido estos muñecos en el equivalente moderno de un cromo brillante de los 90: un disparate que todos quieren sin saber por qué. De repente, necesitas un Labubu colgando de tu mochila, como si fuera una medalla que grita: «¡He pagado 240 euros por un llavero que parece un hamster mutante!»

Hablemos de las colas. En Barcelona, en pleno Portal de l’Àngel, hubo gente esperando cuatro horas para entrar en una tienda Pop Mart. Cuatro. Horas. ¿Para qué? Para jugársela con una caja sorpresa que podría contener un Labubu repetido o la decepción más cara de sus vidas. Mientras tanto, en China, las aduanas incautan miles de Labubus falsos, porque hasta los timadores quieren un pedazo de este circo. Y no olvidemos a los que cruzan media España en AVE solo para unirse a la locura. «Es una inversión», dicen, mientras abrazan un peluche que vale más que su autoestima.

Pero lo mejor es la excusa: «Es kawaii, es mi yo infantil, es divertido». Por favor, ¿divertido? Si quieres diversión, ve a un parque de atracciones o juega al parchís con tu abuela. Gastar el sueldo de una semana en un muñeco que parece el primo feo de un Teletubby no es diversión, es un grito de auxilio. Si queremos conectar con nuestra infancia, saquemos los Lego o hagamos un castillo de arena, no hace falta alimentar una fiebre consumista que deja nuestras carteras temblando.

Y no, no me vengas con que «es arte» o «es una comunidad». Ponerle purpurina a un Labubu o cambiarle el peinado no es arte, es un intento desesperado de justificar una obsesión. Las comunidades de coleccionistas no son un himno a la creatividad, son la prueba de que los humanos podemos obsesionarnos con cualquier cosa, desde sellos hasta muñecos que parecen diseñados en una pesadilla. Mientras tanto, nuestras casas se llenan de trastos que acabarán en un cajón, junto con los Tamagotchis y las peonzas de hace veinte años.

En serio, ¿cuándo nos volvimos tan idiotas? ¿Fue cuando empezamos a idolatrar cualquier cosa que se haga viral? ¿O cuando decidimos que nuestra felicidad depende de un muñeco que cuesta lo mismo que una cena decente? Labubu no es solo un juguete, es un recordatorio de que hemos perdido la capacidad de parar, pensar y preguntarnos: «¿De verdad necesito esto?». Así que, la próxima vez que veas una cola para comprar un Labubu, no te unas. Da media vuelta, respira hondo y recuerda que la vida es demasiado corta para gastarla en un gremlin de peluche.


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