En un mundo donde las bebidas «bienestar» se multiplican como hongos tras la lluvia, el Feel Free emerge como un supuesto elixir de relajación y energía, pero en realidad es un cóctel peligroso que combina kava y kratom, dos sustancias que prometen euforia sin consecuencias, pero entregan adicción y riesgos mortales. Esta bebida, comercializada por Botanic Tonics, se vende en gasolineras y tiendas de conveniencia como si fuera un refresco inocuo, atrayendo a consumidores desprevenidos que buscan un «subidón natural». Sin embargo, su composición incluye extracto de hoja de kratom, una planta originaria del sudeste asiático que actúa sobre los receptores opioides del cerebro, simulando efectos similares a los de la heroína o el fentanilo, pero sin la supervisión regulatoria que merecería un veneno tan sutil. El kratom, conocido científicamente como Mitragyna speciosa, no es solo un estimulante; es un impostor que engaña al cuerpo con promesas de alivio del dolor y mejora del ánimo, mientras siembra las semillas de una dependencia devastadora.

Los peligros del kratom y productos como Feel Free son alarmantes y bien documentados, pero ignorados por una industria que prioriza las ganancias sobre la salud pública. Usuarios reportan adicción severa tras un consumo aparentemente inofensivo, con síntomas de abstinencia que incluyen ansiedad extrema, insomnio, temblores y hasta convulsiones. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos ha emitido advertencias repetidas sobre el kratom, destacando riesgos como toxicidad hepática, trastornos por uso de sustancias y, en casos raros pero reales, la muerte, especialmente cuando se combina con otros depresores. En redes sociales como TikTok, testimonios de personas adictas a Feel Free se multiplican: lo que comienza como una botella ocasional para «relajarse» termina en un ciclo vicioso de consumo diario, con efectos secundarios que incluyen náuseas, vómitos y daño renal. Estudios recientes, como uno publicado en Cureus en 2024, analizan la seguridad de dosis múltiples de esta mezcla, pero incluso ellos admiten que contiene altas concentraciones de kavalactonas y alcaloides del kratom, sustancias que pueden alterar el sistema nervioso central de manera impredecible. ¿Cómo es posible que un «tónico herbal» cause más estragos que beneficios y siga en los estantes?
La verdadera indignación radica en la inacción federal ante este veneno legal. A pesar de que el kratom no está aprobado por la FDA como medicamento, suplemento o aditivo alimentario, no ha sido prohibido a nivel nacional en Estados Unidos para 2025, permitiendo su venta libre en la mayoría de los estados. Solo seis estados lo han vetado completamente: Alabama, Arkansas, Indiana, Rhode Island, Vermont y Wisconsin, con Louisiana uniéndose en agosto de 2025. ¿Por qué esta laxitud? La respuesta huele a lobby e intereses económicos. En 2016, la Administración para el Control de Drogas (DEA) intentó clasificarlo como Sustancia Controlada de Lista I, pero retrocedió ante una oleada de protestas de usuarios y la industria del kratom, que argumenta su utilidad como alternativa a los opioides para el manejo del dolor y la desintoxicación. Grupos como la American Kratom Association han invertido millones en cabildeo para mantenerlo desregulado, pintándolo como un «remedio natural» inofensivo, mientras ignoran las evidencias de adicción y sobredosis. La falta de regulación federal significa que no hay controles de calidad, permitiendo que productos contaminados o adulterados inunden el mercado, exacerbando los riesgos.
Esta negligencia regulatoria es un escándalo que pone en jaque la salud pública. Mientras la FDA se enfoca en derivados concentrados como el 7-hidroximitraginina (7-OH) en julio de 2025, dejando el kratom natural intacto, miles de estadounidenses caen en la trampa de bebidas como Feel Free, que se promocionan como «seguras» sin evidencia científica sólida. La ausencia de un requisito de reporte para muertes por sobredosis de kratom solo oculta la magnitud del problema, permitiendo que la industria siga lucrando. Es hora de cuestionar: ¿cuántas vidas más se arruinarán antes de que el gobierno federal actúe? Prohibir este veneno no es una opción; es una urgencia moral y sanitaria para proteger a la sociedad de un depredador disfrazado de aliado natural.
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