El Reino de las Estrellas

Érase una vez, en un país lejano llamado Corruptia, donde los ríos fluían con promesas vacías y las montañas estaban hechas de mentiras apiladas, un grupo de gobernantes malvados reinaba con puño de hierro envuelto en seda. Estos líderes, encabezados por el astuto Presidente Voraz y su corte de ministros codiciosos, no tenían interés en el bienestar de su pueblo. Solo anhelaban el poder eterno y el dinero infinito para enriquecer a sus familias, amigos y aliados. «¡El pueblo es un pozo sin fondo de recursos!», solía decir Voraz en sus reuniones secretas, mientras contaban billetes robados bajo la luz de candelabros de oro.

Un día, mientras el país sufría hambrunas y carreteras derruidas, los gobernantes se reunieron en el palacio presidencial, un edificio opulento. «Necesitamos nuevas formas de desviar fondos», gruñó el Ministro de Finanzas, un hombre con ojos como monedas falsas. Fue entonces cuando al Presidente Voraz se le iluminó el rostro con una idea brillante, como un diamante robado.

«¡Montaremos una agencia espacial!», exclamó, golpeando la mesa con su puño enjoyado. «Llamémosla Agencia Espacial de Corruptia (AEC). Diremos que invertimos miles de millones en lanzar cohetes, satélites y artefactos al espacio. Construiremos maquetas gigantes de naves espaciales en el desierto, organizaremos desfiles con fuegos artificiales que parezcan lanzamientos, y transmitiremos videos falsos de misiones heroicas. Cuando el pueblo pregunte: ‘¿Dónde están mis impuestos? ¿Dónde están los millones?’, les responderemos: ‘¡En el espacio! ¡Ve a verlo tú mismo!’. ¿Quién va a subir a la Luna para comprobarlo? Nadie. Los fondos reales irán directo a nuestras cuentas en islas paradisíacas».

La idea fue un éxito rotundo. Pronto, la AEC se convirtió en el orgullo nacional. Anuncios en televisión mostraban cohetes despegando con estruendo, y los niños en las escuelas dibujaban estrellas con el logo de la agencia. Pero en realidad, los «lanzamientos» eran explosiones controladas de petardos baratos, y los «satélites» eran globos meteorológicos con luces LED. Miles de millones desaparecían en contratos ficticios con empresas fantasma propiedad de los ministros. El pueblo, hipnotizado por el sueño de conquistar las estrellas, aplaudía mientras sus bolsillos se vaciaban. «¡Somos una potencia espacial!», gritaban en las plazas, ignorando que sus hospitales carecían de medicinas.

Animados por este triunfo, los gobernantes buscaron una segunda idea aún más audaz. «El espacio es bueno, pero efímero», reflexionó el Ministro de Defensa, un general con medallas compradas. «Necesitamos algo que genere miedo y unidad: ¡una pequeña guerra!». El Presidente Voraz sonrió con malicia. «Excelente. No una guerra real, que podría salirse de control. Pactaremos con nuestro vecino, el reino de Engañolandia, cuyo rey es tan corrupto como nosotros. Firmaremos un acuerdo secreto: simularemos conflictos fronterizos, dispararemos balas, haremos explotar cosas y declararemos ‘victorias heroicas’. Las balas se pierden en el campo de batalla, los explosivos desaparecen en el humo, ¿y cómo pruebas el gasto real de una guerra?. Los presupuestos militares se inflarán como globos, y el dinero fluirá a nuestros bolsillos como un río desbordado».

Así lo hicieron. La «Guerra de las Sombras» comenzó. Soldados de ambos bandos cayeron en una guerra real, dejando herencias que los gobiernos gravaron con impuestos. Cada bomba y cada bala lanzada se contabilizaba por cien o por miles en los registros oficiales, pero en realidad, gran parte del armamento era defectuoso o ficticio, y los costos inflados se desviaban a cuentas secretas. Los noticieros de ambos países transmitían imágenes dramáticas de campos de batalla, mientras los líderes intercambiaban risas por teléfono. «¡Hemos gastado billones en municiones!», anunciaba Voraz en discursos patrióticos, pidiendo más impuestos para «defender la patria». El pueblo, aterrorizado y unido contra el «enemigo», donaba hasta sus últimos centavos. Pero en secreto, las «pérdidas» eran transferencias bancarias a cuentas offshore, y los verdaderos costos de la guerra eran una fracción de lo declarado.

Pasaron los años, y Corruptia prosperó… para los gobernantes. El Presidente Voraz construyó palacios en la Luna (al menos en sus sueños), y el Ministro de Defensa coleccionaba yates como trofeos de guerra. El pueblo, exhausto y empobrecido, susurraba dudas en las sombras: «¿Dónde están los cohetes? ¿Por qué la guerra nunca acaba?». Pero los malvados líderes siempre respondían con sonrisas: «En el espacio, o en el frente de batalla. ¡Ves a verlo!».

Y así, en el país de Corruptia, el poder y el dinero siguieron fluyendo hacia los pocos, mientras el pueblo soñaba con estrellas inalcanzables y paces falsas.

Fin.


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