Asesores

Cuando éramos pequeños, nos preguntaban qué queríamos ser de mayores. Bombero, astronauta, médico… inocentes sueños de infancia. Hoy, con la sabiduría que dan los años y un par de titulares de prensa, lo tengo clarísimo: asesor. Sí, señor, asesor es el trabajo soñado, la cima del Olimpo laboral. ¿Por qué? Porque parece que no hay que hacer nada concreto, pero cobras como si fueras el oráculo de Delfos.

Vamos a ponernos serios (o no tanto): ¿qué hace un asesor? La respuesta es tan clara como el agua de un charco después de una tormenta. Los políticos, esos seres iluminados que nos guían hacia un futuro mejor (o eso dicen), parecen necesitar ejércitos de asesores. No uno, no diez, sino cientos por cabeza. Por ejemplo, en España, ministerios y gobiernos autonómicos han llegado a reportar cifras de cientos de asesores en nómina. ¿Y qué asesoran? ¿La marca de leche a comprar, Pascual o Asturiana? ¿El color de la corbata para el próximo mitin? ¿O tal vez cómo twittear sin meter la pata? Nadie lo sabe, porque cuando preguntas, te topas con el muro infranqueable del secreto de Estado.

Sí, has leído bien. ¿Quiénes son estos asesores? Secreto de Estado. ¿Qué hacen exactamente? Secreto de Estado. ¿Cuánto cobran? Bueno, eso es como preguntar cuánto vale un Picasso: no tiene precio, o más bien, cualquier precio es válido. Según datos de transparencia (esos que hay que buscar mucho), los sueldos de asesores en administraciones públicas pueden oscilar entre los 30.000 y los 80.000 euros anuales, dependiendo del cargo y la administración. Nada mal para un trabajo cuya descripción parece ser “estar ahí, por si acaso”.

El colmo del sarcasmo llega cuando te das cuenta del círculo vicioso: los políticos contratan asesores para que les asesoren sobre cómo contratar más asesores. Y mientras, el ciudadano de a pie, ese que paga impuestos para financiar este circo, se queda con cara de póker preguntándose si de verdad hacen falta tantas mentes brillantes para decidir si el BOE se publica en Arial o Times New Roman. Porque, seamos sinceros, si un político necesita 400 asesores, igual el problema no es la falta de asesoramiento, sino la falta de algo más básico, como criterio propio.

¿Y qué hay del famoso “enchufismo”? Aquí el tono crítico no necesita ni un ápice de sarcasmo, porque la realidad habla sola. En muchos casos, los asesores son amigos, familiares o compañeros de partido que, casualmente, tienen un currículum que encaja como anillo al dedo en un puesto creado ad hoc. Los datos respaldan la sospecha: en 2021, un informe del Tribunal de Cuentas español señaló que muchos cargos de asesores no seguían procesos de selección transparentes. Vamos, que el mérito es opcional, pero la lealtad al jefe es innegociable.

No nos engañemos, el sistema está diseñado para que no podamos hacer mucho al respecto. Nos damos cuenta, no somos tontos. Sabemos que detrás de cada “asesor” hay una factura que pagamos todos.


Descubre más desde Hauschildt

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar