El gobernante cobarde es capaz de prender fuego a su propio país con tal de reinar sobre sus cenizas. La frase atribuida a Sun Tzu, aunque nacida en otro tiempo y contexto, parece resonar con fuerza en el presente. Hoy, mientras Ucrania y Rusia continúan atrapadas en una guerra que ya ha dejado miles de muertos y desplazados, en Europa se multiplican las voces que hablan de negociaciones, pero las acciones concretas parecen escasas. Algunos líderes occidentales, y el propio presidente ucraniano, parecen más dispuestos a prolongar la confrontación que a ceder terreno para lograr la paz. Esto nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿vale más un pedazo de tierra que miles de vidas humanas?
La respuesta no es sencilla. Defender la soberanía nacional es, en abstracto, un principio legítimo; ceder territorio a una potencia invasora puede sentar un peligroso precedente. Sin embargo, la realidad es más cruda: mientras las decisiones se toman en despachos lujosos, son los padres, hijos y hermanos de otros quienes mueren en el frente. Quien ocupa el poder no ve de cerca el cadáver de un joven soldado ni escucha el llanto de una madre; ve, en cambio, cifras, mapas y discursos de resistencia heroica. Ahí es donde la valentía y la cobardía se confunden: ¿es valentía resistir a toda costa o es cobardía negarse a asumir que el costo humano es insoportable?
La historia nos enseña que muchas guerras se prolongan no por razones de justicia, sino por intereses particulares: poder, dinero, influencia geopolítica. Las alianzas militares, los contratos de armas y los juegos estratégicos pesan tanto o más que la vida de un campesino, un obrero o un estudiante enviados al combate. Y si un gobernante es incapaz de detener una guerra —ya sea por falta de capacidad, de visión o de voluntad—, quizá la opción más digna sería dimitir y dejar paso a quien sí pueda buscar una salida. Aferrarse al cargo mientras el país se desangra es, precisamente, reinar sobre cenizas.
Es fácil enviar a la muerte a personas que no son tu sangre, que no forman parte de tu círculo íntimo. Es fácil vestirse de retórica patriótica cuando el peligro está lejos de tu propia piel. Pero lo difícil, lo que exige verdadera grandeza, es detener la maquinaria de la guerra antes de que devore a toda una generación. Un líder que se niega a negociar, incluso sabiendo que la victoria total es improbable, no defiende su país: defiende su ego. Y un ego herido puede ser más destructivo que cualquier bomba.
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