La trampa de sentirse víctima antes de tiempo
Mucho hablamos —y con razón— de la discriminación que ejercen otros. Pero poco nos atrevemos a señalar la que uno mismo se inflige. Y sí, existe: personas que se ponen solas la etiqueta de marginados, que viven a la defensiva sin que nadie les haya atacado, que necesitan recordar a todo el mundo, cada cinco minutos, que pertenecen a un colectivo determinado. Y, para rematar, que se indignan o atacan a la menor chispa, aunque esa chispa no exista.

La auto-discriminación no es una moda ni una anécdota: es un obstáculo real para la convivencia. Quien vive en modo “alerta roja” constante convierte cualquier conversación en una potencial batalla y cualquier desacuerdo en una agresión. Es un desgaste para todos, pero sobre todo para quien lo sufre.
La paradoja es que muchas de estas personas creen que así se defienden, cuando en realidad se encierran. El miedo a la ofensa se convierte en un muro, y el muro, en un eco que devuelve siempre la misma frase: “me están discriminando”. A veces es cierto; otras, no tanto. Pero cuando el filtro de la desconfianza es absoluto, la percepción manda más que la realidad.
Luchar contra la discriminación es vital. Pero si no somos capaces de detectar cuándo la traemos puesta desde casa, acabaremos peleando contra fantasmas… y agotando a todos en el proceso. Reconocerlo no es traición a ningún colectivo: es el primer paso para vivir con más libertad.
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