¿Estamos siendo verdaderamente inclusivos?

Vivimos en una época que proclama la inclusión como una virtud suprema. Se alzan voces contra toda forma de exclusión, de marginación, de invisibilización. Queremos un mundo donde todos tengan lugar, donde nadie sea dejado de lado por su raza, género, cuerpo, religión o nivel económico. Pero en este noble intento por reparar siglos de desigualdad, ¿no estaremos construyendo una nueva forma de exclusión, tan sutil como contradictoria?

La inclusión, en su sentido más puro, es lo contrario de la exclusión. Es decir, no se trata de sustituir un grupo por otro, sino de abrir el espacio para que todos coexistan. Sin embargo, cuando vemos campañas publicitarias, programas de televisión o discursos públicos que deciden dejar de mostrar personas con estándares clásicos de belleza para destacar exclusivamente a quienes se alejan de esos estándares, algo en el fondo se distorsiona. ¿Estamos realmente incluyendo o simplemente cambiando el objeto de nuestra preferencia?

Cuando se elige a una persona para una campaña “inclusiva” por ser “fea”, “gorda” o “diferente”, ¿no estamos partiendo del mismo juicio que decimos combatir? Es decir, ¿no la estamos seleccionando precisamente por no ser bella? ¿No estamos reafirmando la idea de que la belleza es un criterio de valor al hacer énfasis en su ausencia? La paradoja es inquietante: al intentar negar el poder de los estándares de belleza, los reafirmamos. Afirmamos, sin decirlo, que hay un “tipo” que fue dominante (lo bello, lo esbelto, lo proporcionado) y ahora hay que contrarrestarlo con su opuesto. Pero ¿y si eso también es una forma de discriminación?

Pocas veces se cuestiona si estamos excluyendo ahora a los bellos. Como si la belleza física fuese una especie de privilegio moralmente cuestionable. Como si ser bella o bello te hiciera indigno de aparecer, de ser visibilizado, de ser admirado. Y sin embargo, ¿no es también belleza una forma de diversidad? ¿No es un cuerpo “hegemónicamente” atractivo también un cuerpo, una existencia, una persona que merece respeto y lugar?

Esto se hace más evidente cuando observamos la reacción del público ante personas como Sydney Sweeney, una actriz que representa, para muchos, ciertos cánones clásicos de belleza. En lugar de admiración o indiferencia, despierta ataques, insultos, desprecio. ¿Qué hay detrás de eso? ¿Una verdadera lucha contra los cánones? ¿O estamos presenciando una forma disfrazada de envidia, de resentimiento, de rechazo al otro simplemente por representar algo que algunos no tienen o no soportan ver? ¿Estamos defendiendo la inclusión o simplemente vengando el dolor del rechazo sufrido con una nueva forma de exclusión?

La verdadera inclusión no señala, no clasifica, no opone un grupo a otro. No escoge a unos “no por lo que son, sino por lo que no son”. Incluir, en el sentido más profundo, es aceptar sin necesidad de justificar la presencia de nadie. Es dejar de elegir en función de una narrativa ideológica, estética o moral. Es permitir que convivan la belleza convencional y la no convencional, lo hegemónico y lo diverso, sin que uno deba eliminar al otro para que exista.

Si la inclusión exige la exclusión de algunos, entonces ha perdido su esencia. Se ha vuelto una nueva forma de control, de imposición, de discriminación bajo ropajes progresistas. Y si nuestras decisiones están guiadas por el resentimiento o la necesidad de castigar la belleza, la riqueza, o el talento, entonces no estamos luchando por la justicia. Estamos, simplemente, alimentando nuestras propias sombras.


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