¿Es esto democracia?

La democracia, en su concepción más pura, es el gobierno del pueblo para el pueblo. Es un sistema donde la soberanía reside en la ciudadanía, donde el poder se ejerce en función de un mandato otorgado temporalmente por la mayoría, pero con respeto irrestricto por los derechos de las minorías. Sin embargo, en muchos países que se autodenominan democráticos, se observa un fenómeno inquietante: los Estados dejan de ser identificados por su nombre histórico, cultural o geográfico, y comienzan a ser reconocidos como «el país de Fulanito» o «el país de Menganito». Es como si la identidad nacional se diluyera en la figura del gobernante de turno.

Este lenguaje no es casual ni inocente. Cuando se empieza a decir «el país de X», se normaliza la idea de que el Estado es una propiedad privada, una extensión del ego o del proyecto personal de quien ocupa el poder. Así, el gobernante ya no es un servidor público, sino un «dueño» que actúa a su antojo, o peor aún, al antojo de intereses externos que lo respaldan o lo sostienen. Las instituciones se debilitan, los contrapesos desaparecen y la legalidad se adapta al capricho del poder. La ley se vuelve selectiva, el disenso es perseguido y la propaganda sustituye al debate.

¿Es esto democracia? En absoluto. Es un espejismo democrático: se celebran elecciones, se mantiene una apariencia institucional, pero en la práctica se impone un modelo de poder concentrado, personalista y cada vez más autoritario. Esta deriva se alimenta de varios factores: la desafección ciudadana, la corrupción sistémica, la manipulación mediática, el miedo, la polarización, y un relato de salvación mesiánica que convierte al líder en el único capaz de «rescatar» al país.

¿Cómo hemos llegado a este punto? En parte por el abandono de los valores democráticos fundamentales: la participación activa de la ciudadanía, la exigencia de transparencia, la defensa de la pluralidad y la vigilancia permanente del poder. También por el desgaste de los partidos políticos tradicionales, que muchas veces han fallado en representar genuinamente al pueblo, abriendo paso a líderes populistas que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. En un mundo saturado de desinformación y crisis, es más fácil caer en el encantamiento de quien dice tener todas las respuestas.

Recuperar la democracia auténtica requiere más que votar cada cierto tiempo. Requiere ciudadanos críticos, medios independientes, instituciones sólidas y una cultura cívica que no tolere que el país se transforme en el feudo de nadie. Un país no es de Fulanito ni de Menganito: es de su gente. Y esa gente debe recordarlo antes de que sea demasiado tarde.


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