Durante décadas, muchos inversores han sido seducidos por la idea de que existen “acciones para toda la vida”, es decir, empresas que pueden mantenerse rentables y en crecimiento perpetuo, independientemente de las circunstancias económicas. Esta narrativa, aunque reconfortante, es profundamente engañosa. En el mundo de la economía y los mercados financieros, nada es eterno. Las transformaciones tecnológicas, los cambios regulatorios, la evolución de los consumidores y los ciclos económicos convierten a esta estrategia en un mito más que en una realidad sostenible.
La historia de los mercados está repleta de ejemplos de compañías que alguna vez fueron consideradas inamovibles y que hoy apenas se mencionan. Kodak, BlackBerry, General Electric, incluso gigantes como IBM, han perdido relevancia o valor con el tiempo. La razón es simple: las condiciones que les permitieron dominar su sector cambiaron, y muchas de estas empresas no supieron adaptarse. Las acciones que parecían “seguras” se volvieron obsoletas o poco rentables. Esto demuestra que confiar en que una acción se mantendrá sólida de por vida es asumir un riesgo mal calculado.
Además, la noción de acciones para siempre desconoce un principio esencial de la inversión: la gestión activa del riesgo. Los inversores prudentes saben que la diversificación, el análisis constante del mercado y la revisión periódica de portafolios son prácticas fundamentales para proteger y hacer crecer el capital. Aceptar que todo cambia, incluso las empresas más sólidas, permite tomar decisiones más realistas y menos emocionales.
Por supuesto, hay compañías que han logrado mantenerse en la cima durante largos períodos, como Coca-Cola, Johnson & Johnson o Microsoft. Sin embargo, incluso estas empresas están sujetas a presiones competitivas, regulatorias y tecnológicas que podrían cambiar su trayectoria. Invertir en ellas con la idea de no volver a mirar jamás puede llevar a errores graves si las condiciones cambian drásticamente.
El concepto de acciones para toda la vida puede resultar más dañino que útil si no se cuestiona con criterio. La economía es dinámica y los mercados no perdonan la complacencia. En lugar de buscar certezas eternas, los inversores harían mejor en desarrollar una estrategia flexible, informada y adaptativa, capaz de enfrentar los inevitables cambios que trae el tiempo.
Descubre más desde Hauschildt
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.