No hay nada más revolucionario que defender el comunismo mientras te tomas un Aperol Spritz en la costa de Amalfi, con el iPhone en una mano y el manifiesto de Marx en la otra (descargado en Kindle, por supuesto, porque imprimir es muy poco sostenible). Así es como se hace hoy la revolución: desde la comodidad del primer mundo, con aire acondicionado, sin colas para el pan, y con una señal de 5G.
Porque ser comunista en Europa tiene su je ne sais quoi. Tiene estilo. Tiene glamour. Y, sobre todo, tiene comodidad. Es muy fácil alzar la voz contra el malvado capitalismo mientras el algoritmo de Instagram te paga en likes por subir una selfie con la camiseta del Ché (comprada en Amazon, claro). ¿Trabajadores del mundo, uníos? Sí, pero que no sea antes de las 11:00, que me estoy haciendo un brunch.
Y lo mejor: la pedagogía internacional. Miles de europeos ilustrados se toman muy en serio la tarea de explicarle a los migrantes latinoamericanos —especialmente centroamericanos— lo bien que se vive en el socialismo. «¿Cómo que no te gustó vivir en Cuba?», pregunta el europeo con asombro, mientras se abanica con un folleto del partido ecocomunista posmoderno de su barrio. «Si yo estuve una semana en Varadero y fue maravilloso. ¡Todo incluido! ¡Hasta los mojitos sabían a justicia social!»
Si el migrante intenta explicar que huye de un régimen autoritario, represivo o económicamente inviable, la respuesta no se hace esperar: «Facha». Porque no hay nada más revolucionario que decirle a alguien que huyó del hambre o la represión que es un ignorante por no valorar el sistema que lo empujó a escapar.
Pero no hay que ser injustos: algunos sí han viajado a estos paraísos obreros. Eso sí, lo más profundo que han conocido de la vida comunista es la piscina del hotel. O, en algunos casos, ese “turismo alternativo” que incluye aventuras sensuales y bebidas a precio de dictadura. Todo por unos cuantos euros. Se sienten reyes por un fin de semana. Luego vuelven a casa con historias de lo auténtico que es “vivir como el pueblo”… desde un Airbnb con jacuzzi.
La ironía es tan grande que ya ni cabe en la maleta. Defender una ideología que no has vivido, que no conoces, que solo has visto en TikTok o durante una excursión exótica, es una de las nuevas formas de exhibicionismo moral: soy tan bueno, tan ético, tan comprometido… que puedo opinar sin saber.
Porque no se trata de coherencia, se trata de estética. De vibes. Y si alguien osa llevar la contraria, pues que se prepare para una buena cancelación con tono de superioridad moral.
En fin, qué fácil es amar el comunismo… desde el asiento de cuero de tu coche de alta gama.
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