Tiempo atrás, las relaciones de pareja estaban construidas sobre bases sólidas: compromiso, respeto, y la promesa de permanecer juntos en todas las circunstancias. Casarse era más que un acto legal o religioso; era una decisión de vida. “Amar y cuidar en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe” no era una frase simbólica, era una realidad que guiaba la existencia de muchas personas. En ese contexto, era natural que los cónyuges tomaran decisiones importantes entre sí, incluso sobre la salud o los bienes del otro. Había una certeza en ese vínculo: se trataba de alguien que realmente estaría allí, hasta el final.
Hoy, en cambio, vivimos tiempos donde las relaciones amorosas parecen haber perdido esa estabilidad. Muchas personas cambian de pareja como de ropa interior, aún habiendo pasado por el altar o el registro civil. El “para siempre” se ha transformado en un “mientras dure”, y con ello la idea de confianza y permanencia se diluye. La pareja actual puede estar hoy… y desaparecer mañana. Esto abre la puerta a una serie de preguntas profundas y necesarias: ¿quién es realmente importante en nuestra vida?, ¿a quién deberíamos confiarle nuestras decisiones cuando ya no podamos tomarlas?, ¿quién debería disponer de nuestros bienes, o decidir sobre nuestra salud?
En medio de esta incertidumbre relacional, aparece una figura que muchas veces se pasa por alto: los hijos. Hijos que han estado presentes desde siempre, que han compartido con nosotros los momentos fundamentales, que conocen nuestras historias, nuestras caídas, nuestros valores. ¿Es justo que un nuevo cónyuge, recién llegado, tenga más derechos legales que ellos?, ¿de verdad creemos que alguien que ha pasado un corto tiempo a nuestro lado está en mejor posición para representarnos que quienes crecieron con nosotros y forman parte de nuestro legado más íntimo?
El tema no es menor. Muchas leyes otorgan automáticamente a la pareja legal el derecho de tomar decisiones médicas, acceder a bienes o incluso excluir a hijos de ciertas responsabilidades o herencias. Pero el problema no es solo legal, sino también humano y ético. En una época donde las relaciones pueden ser tan volátiles, ¿no deberíamos replantear el criterio con el que entregamos poder sobre nuestras vidas?
Esto no significa desestimar el amor de pareja. Las relaciones genuinas existen, y hay personas que construyen vínculos sólidos, aunque hayan comenzado hace poco. Sin embargo, no todos los vínculos tienen el mismo peso ni la misma profundidad. Vivimos en una era que ha priorizado la libertad individual y la gratificación inmediata, pero eso no debería llevarnos a subestimar el valor de los lazos duraderos, del tiempo compartido, del compromiso real.
Quizás ha llegado el momento de revisar no solo nuestras leyes, sino también nuestros conceptos. ¿A qué llamamos amor verdadero? ¿Qué significa familia hoy? ¿Quién merece estar a nuestro lado cuando ya no podamos hablar por nosotros mismos? Y sobre todo, ¿estamos dando a nuestras relaciones la importancia que merecen, o las estamos trivializando hasta volverlas irreconocibles?
No se trata de juzgar las decisiones individuales, sino de hacer un llamado a la conciencia. Porque si no reflexionamos ahora, podríamos terminar dejando nuestro destino en manos de un desconocido, mientras apartamos a quienes realmente han sido parte esencial de nuestra historia.
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