Hubo una época, que hoy parecería parte de un cuento de hadas poscapitalista, en la que uno iba al supermercado, hacía su compra semanal de yogures, fideos y jabones, y al llegar a la caja te obsequiaban —¡sí, obsequiaban!— una bolsa de plástico. No era un acto de caridad, sino una cortesía comercial. Las empresas no sólo te facilitaban el transporte de tus adquisiciones, sino que te convertían en un cartel ambulante, paseándote por el centro comercial como un orgulloso embajador del consumo.

Lo mismo ocurría al comprar ropa. Entrabas a una tienda de moda, salías con una bolsa de diseño reluciente y ahí ibas tú, desfilando por la peatonal como si te hubieras bajado de una pasarela de París, pero versión rebajas. Las marcas sabían perfectamente lo que hacían: te daban la bolsa con su logo enorme no sólo para que llevaras el pantalón ajustado o la remera de moda, sino para que todos supieran que habías comprado ahí. Un sistema de marketing brillante: tú cargabas con la compra y con la publicidad, y además lo hacías feliz.
Pero, como toda buena historia, esta también fue arrasada por una cruzada: la del ecologismo selectivo. Un día, las bolsas de plástico dejaron de ser útiles y prácticas para convertirse en peligrosas armas de destrucción masiva. Se prohibió su entrega gratuita. Pero tranquilos, no fue un adiós definitivo: si estás dispuesto a pagar, las bolsas mágicamente dejan de contaminar. Maravilloso, ¿verdad? Unos euros por bolsa y el medio ambiente suspira aliviado.
Así nacieron las bolsitas mágicas, esas criaturas plásticas que solo contaminan cuando son gratis. Cuando las compras, se transforman en entidades verdes, sostenibles, casi biodegradables si uno cree lo suficiente. Como si la naturaleza estuviera atenta al ticket de compra antes de juzgar.
Y por si fuera poco, la cadena absurda no se detiene ahí. Resulta que aquellas bolsas de supermercado que antes reciclábamos como bolsas de basura —porque sí, la gente de a pie siempre fue más ecológica de lo que el marketing verde quiere reconocer—, desaparecieron. Ahora debemos comprar bolsas de basura, que sorpresa, ¡también son de plástico! Aunque, claro, como las pagamos, deben venir con un sello de santidad ambiental invisible a los ojos humanos.
El resultado: ahora tenemos más plástico que antes, pero con más elegancia, con mejor diseño y, por supuesto, con un precio que respalda su falsa virtud ecológica. Porque en esta nueva era de conciencia verde de cartón, no se trata de contaminar menos, sino de contaminar con estilo y con factura.
Gracias, bolsitas mágicas, por enseñarnos que la hipocresía también puede ser reciclable.
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