Cuando pensamos en un cruasán, inmediatamente lo asociamos con Francia: el pan dorado, crujiente y hojaldrado, es prácticamente un símbolo del desayuno parisino. Sin embargo, aunque Francia perfeccionó esta delicia y la convirtió en una joya de la pastelería, su origen real está lejos de ser francés.

Origen vienés del cruasán
El cruasán —o “croissant”, como se le llama en francés— en realidad nació en Viena, Austria. Su antepasado directo es el kipferl, un panecillo en forma de media luna que data de al menos el siglo XIII. La leyenda más popular, aunque parcialmente romántica, sitúa su nacimiento en el siglo XVII, tras el sitio de Viena por los otomanos en 1683. Se dice que los panaderos vieneses, que trabajaban de madrugada, escucharon a tiempo a los turcos cavando túneles y dieron la alarma, ayudando a frustrar el ataque. Para celebrar la victoria, crearon un pan en forma de media luna, emblema del Imperio Otomano, y así “devorar” simbólicamente al enemigo.
La llegada a Francia
El kipferl llegó a Francia gracias a Marie Antoinette, una princesa austríaca que se convirtió en reina de Francia tras casarse con Luis XVI. Se dice que llevó consigo este pan vienés como parte de sus costumbres gastronómicas. Sin embargo, no fue hasta el siglo XIX que el cruasán comenzó a adquirir su forma moderna.
Fue en París donde los panaderos comenzaron a preparar el kipferl con masa hojaldrada fermentada con mantequilla, técnica francesa por excelencia. Así nació el croissant au beurre: ligero, laminado y con capas que se deshacen en la boca. El nombre “croissant” significa precisamente “creciente” en francés, en alusión a su forma de media luna.
Otros nombres y formas
En otros países, el cruasán ha adoptado distintos nombres y variaciones. En Argentina, por ejemplo, se le conoce como medialuna, y se presenta en dos versiones clásicas: la de manteca (dulce, suave y brillante) y la de grasa (más firme, salada y con una corteza crocante). Las medialunas son parte fundamental del desayuno argentino y suelen acompañarse con café con leche.
En países como Italia, se le llama cornetto, con una masa algo más dulce y rellenos comunes como crema pastelera o mermelada. En España, también se habla de “croissants”, aunque las versiones industriales muchas veces se alejan del tradicional método de hojaldre.
Variantes internacionales
El cruasán ha dado lugar a infinidad de versiones alrededor del mundo. En Estados Unidos, es común encontrarlo relleno de chocolate, jamón y queso, o incluso como base de sándwiches. En Japón y Corea, las panaderías artesanales han desarrollado cruasanes de matcha, de tinta de calamar, o incluso rellenos con pasta de judía roja. También existen variantes modernas como el cronut (cruasán + donut), una creación neoyorquina que combina técnicas de pastelería clásica con la cultura pop.
Un ícono con muchas caras
Aunque el mundo lo celebre como una joya francesa, el cruasán tiene raíces vienesas y ha sido adoptado y reinterpretado por distintas culturas. Su nombre cambia, sus ingredientes se adaptan, pero su forma y su espíritu siguen siendo los mismos: una media luna dorada que cuenta una historia de batallas, reinas y panaderos creativos. Con manteca, con grasa, dulce o salado, el cruasán sigue siendo un símbolo universal del desayuno y de la evolución cultural del pan.
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