¿Qué más nos quitará McDonald’s?

Si eres joven, tal vez no lo sepas o no lo creas, pero hubo una época en la que ir a McDonald’s era una experiencia verdaderamente especial. No solo se trataba de comer una hamburguesa o unas papas fritas; era una salida familiar, un espacio alegre, casi mágico, donde los niños eran los verdaderos protagonistas. Al entrar, te recibían con una sonrisa genuina. Los empleados no eran solo cajeros, eran anfitriones. Si el pedido se demoraba unos minutos más de lo debido, te recompensaban con un cono de helado o unas papas adicionales. Los Happy Meals venían con juguetes que realmente emocionaban, piezas de plástico resistentes que muchos aún conservan como recuerdos de infancia. McDonald’s no era solo un restaurante de comida rápida: era un refugio amable donde, por unos momentos, podías olvidar el mundo exterior.

¿Qué más nos quitará McDonald's?

Pero todo eso parece haber quedado atrás. De a poco, y siempre en nombre de alguna “buena causa”, la experiencia se ha ido desmantelando. Primero fueron los cambios en la decoración: espacios más serios, fríos, impersonales. Luego llegaron los quioscos digitales, que reemplazaron a los cajeros humanos. La eficiencia —dicen—, pero lo que se siente es deshumanización. Después desaparecieron las tapas de los vasos, las pajitas de plástico fueron sustituidas por unas de cartón que se deshacen en la bebida, y finalmente, ya no dan ninguna. Lo mismo ocurre con las servilletas, el kétchup, la mostaza o la mayonesa: hay que pedirlo, rogarlo, y pagarlos. Lo gratuito ahora es excepcional, lo básico se volvió privilegio.

El deterioro de la experiencia alcanza incluso a los más pequeños. Los juguetes de los Happy Meals ya no son juguetes, sino simples recortes de cartón disfrazados de “alternativas ecológicas”. Pero, ¿Quién se ilusiona con eso? Lejos de fomentar la sostenibilidad, solo fomentan la desilusión y el desperdicio, porque van directo al cubo de basura. ¿Dónde está la ecología en fabricar algo que no emociona, no entretiene y no sirve?

Nos dicen que todo esto es en nombre del medio ambiente. Que es por una causa justa. Que debemos ser parte del cambio. Pero curiosamente, ese “cambio” siempre coincide con el ahorro de insumos, con menos personal, con menos productos y con un precio más alto para el cliente. Lo que antes era una experiencia, hoy es un trámite. Lo que antes era un momento para sonreír, hoy es una mezcla de resignación y frustración.

Y lo que duele más: ya ni siquiera puedes desconectarte del mundo. McDonald’s ha dejado de ser ese lugar en el que te aislabas un rato para simplemente disfrutar. Ahora parece querer recordarte todo lo que está mal. Hay mensajes, campañas, discursos… todo el tiempo. Como si también quisieran quitarte el derecho a disfrutar sin culpa. Como si no bastara con pagar más por menos; ahora también tienes que sentirte mal mientras lo haces.

Y mientras tanto, los pocos empleados que quedan parecen estar sobrepasados, sin tiempo ni energía para sonreír. Los pedidos llegan incompletos, mal preparados, o simplemente fríos. Las hamburguesas, antaño jugosas y con sabor, hoy parecen más insípidas que nunca, tristes, como si también ellas hubieran perdido el alma. Y todo esto sin que el precio baje, al contrario: los menús están en sus niveles más altos de todos los tiempos. Pagamos más, recibimos menos, y lo aceptamos como si fuera inevitable.

Entonces cabe preguntarse: ¿Qué será lo próximo que nos quitará McDonald’s? ¿El pan? ¿Las bandejas? ¿Las sillas? ¿Cuánto más estamos dispuestos a tolerar en nombre de una supuesta modernización o conciencia ambiental, que en realidad parece beneficiar solo a la empresa y perjudicar al cliente?

McDonald’s ya no es ese lugar que prometía momentos felices. Ya no es un sitio para celebrar ni un rincón para desconectar. De a poco, nos han quitado todo: la sorpresa, la atención, el sabor, la magia… hasta la sonrisa. Y lo peor es que seguimos entrando, sin darnos cuenta de que quizá, lo único que nos falta por perder… somos nosotros.


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