Vivimos en una época en la que la eficiencia y la comodidad han reemplazado, muchas veces sin cuestionamiento, a la meticulosidad y el criterio. Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta sustitución es el lavavajillas, ese electrodoméstico que promete limpiar nuestros platos, vasos y cubiertos con solo apretar un botón. Pero ¿realmente los deja limpios? Para responder, propongo un paralelismo revelador: el lavado de coches con manguera a presión.

Cuando llevamos nuestro coche a un túnel de lavado o usamos una manguera a presión, la pintura brilla, los espejos relucen, y todo parece limpio. Pero ¿alguien se atrevería a pasarle la lengua a la carrocería justo después? Probablemente no. ¿Por qué? Porque sabemos que, por muy espectacular que sea el resultado visual, entre las rendijas, detrás de las ruedas y en los rincones, la suciedad persiste. Y sobre todo, sin frotar, la grasa pegada no se va. Lo sabemos por experiencia.
El lavavajillas es el equivalente doméstico de ese lavado a presión. Rocía agua caliente con detergente desde todos los ángulos, da vueltas, hace ruido, y al abrirlo… todo parece limpio. Pero eso no garantiza que lo esté. Los restos de comida resecos, las películas aceitosas adheridas a los platos o los residuos en las bases de las copas no siempre desaparecen. A menudo, sólo se han reblandecido o camuflado. No es raro encontrar un tenedor aún con restos de yema de huevo, o un plato con una película invisible de grasa que solo notamos al tocarlo.
Aquí entra el punto esencial: sin fricción, no hay limpieza real. Lo sabían nuestras abuelas cuando pasaban la esponja con ahínco. Lo sabemos al restregar una mancha en la ropa o al tallar una olla pegada. El agua caliente ayuda, el jabón es clave, pero la limpieza profunda exige acción mecánica. El lavavajillas, sin intervención previa del usuario, es muchas veces una ilusión higiénica. Como un coche recién lavado que brilla pero que nadie se atrevería a besar.
¿Entonces, qué sentido tiene un lavavajillas? Pues claro que ahorra tiempo, claro que sirve para ciertos tipos de suciedad reciente o para enjuagar. Pero como método de limpieza integral, sin un prelavado manual serio (es decir, sin frotar con esponja o cepillo), no cumple del todo. Hay una confianza ciega depositada en él que no siempre se justifica.
Tal vez deberíamos empezar a ver al lavavajillas no como un sustituto del fregado manual, sino como un complemento final. Un enjuague sofisticado, un paso posterior al verdadero trabajo de limpieza, que sigue estando —como con el coche— en nuestras manos.
Porque al final, la pregunta no es si “parece limpio”, sino si realmente lo está. Y en limpieza, como en tantas otras cosas, las apariencias engañan.
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