En los últimos años, muchas ciudades han experimentado un fenómeno tan paradójico como alarmante: mientras las olas de calor urbano baten récords históricos y hacen casi imposible la vida en el espacio público, los gobiernos locales insisten en eliminar árboles para reemplazarlos por plazas duras, hechas de cemento, piedra o baldosas. Es una lógica que desafía el sentido común y va en contra de todas las recomendaciones científicas y ambientales, pero que se ha instalado como una especie de “moda de gestión” disfrazada de modernización o renovación urbana.

Los árboles no son solo elementos decorativos: son infraestructuras verdes que moderan la temperatura, absorben CO₂, filtran contaminantes del aire, reducen el ruido y ofrecen sombra a quienes caminan o viven en sus alrededores. En cambio, las superficies de cemento y piedra actúan como acumuladores térmicos, devolviendo el calor al ambiente durante la noche y elevando la temperatura promedio de las ciudades. Este fenómeno, conocido como “isla de calor urbana”, se ve agravado cuando los árboles desaparecen y son sustituidos por plazas minimalistas, estériles y hostiles al cuerpo humano en verano.
Detrás de esta tendencia se encuentra una estética urbana que privilegia lo “limpio”, lo simétrico y lo visible desde el dron o el render arquitectónico. Las plazas modernas sin árboles permiten vistas abiertas, eventos masivos y mantenimiento más fácil, pero sacrifican funciones vitales para la salud y el bienestar de las personas. Esta preferencia por el hormigón sobre la vida vegetal también revela una visión de ciudad que pone lo inmediato por encima de lo sostenible, lo visual por encima de lo vivible.
Lo más preocupante es que estas decisiones a menudo se toman sin consultar a la ciudadanía, sin estudios de impacto climático y bajo el pretexto de revitalizar espacios públicos. En realidad, se termina empobreciendo el tejido ambiental urbano, y con ello se deteriora también la calidad de vida, especialmente en barrios populares, donde la sombra de un árbol puede marcar la diferencia entre salir o no a la calle en verano.
Si de verdad queremos ciudades más habitables, resilientes y justas, es urgente revertir esta lógica. La planificación urbana no puede seguir ignorando el valor ecosistémico de los árboles. Cada tala debería ser una excepción justificada y compensada, no una práctica sistemática. Lo que nos sobra no es espacio verde, sino cemento inútil. El calor que nos sobra es, precisamente, el resultado de los árboles que nos faltan.
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