Aunque la sangría es una bebida emblemática de la cultura española, refrescante y perfecta para acompañar una buena comida, existe una práctica poco conocida —y preocupante— que debería hacernos pensar dos veces antes de pedirla en ciertos restaurantes. Algunos establecimientos, especialmente los que priorizan el volumen de ventas por encima de la calidad, recurren a métodos cuestionables para prepararla.

En algunos casos, la sangría no se elabora con vino nuevo ni ingredientes frescos, sino con los restos de botellas que los clientes anteriores han dejado sin terminar en sus mesas. Estos «sobrantes» —que pueden haber estado abiertos durante horas o incluso haber sido manipulados por varios comensales— se recogen discretamente y se mezclan para dar vida a nuevas jarras de sangría. Esta mezcla, cubierta con frutas y azúcar, disimula el sabor y el origen de esos vinos reciclados.
El problema va más allá de lo desagradable que pueda parecer la idea. No se sabe qué ha pasado con esas botellas: si han estado expuestas al calor, si alguien bebió directamente de ellas dejando rastros de saliva, o si han sido manipuladas sin las mínimas condiciones de higiene. Aunque no se puede afirmar que todos los restaurantes adopten esta práctica, sí es una realidad en algunos locales, sobre todo en zonas muy turísticas donde la rotación de clientes es alta y la prioridad es vender más, no necesariamente mejor.
Entonces, ¿vale la pena correr el riesgo? Por muy apetecible que parezca una jarra de sangría en una terraza soleada, quizá sea mejor optar por una copa de vino servida directamente de una botella nueva, o por bebidas que se preparan al momento bajo tu vista. Como en muchos aspectos de la vida, aquí también aplica el viejo consejo: es mejor prevenir que lamentar.
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