Regateo

El regateo, esa costumbre aparentemente inofensiva de negociar un precio por debajo del publicado, es en realidad una práctica corrosiva que contamina el mercado y distorsiona completamente el sentido del comercio justo. Bajo una capa de supuesta astucia o tradición, el regateo no hace más que ensuciar las relaciones comerciales, generar desconfianza, y fomentar un clima de manipulación que beneficia al más insistente, no al más justo ni al más rápido.

Cuando se publica un precio con la expectativa de que será rebajado tras una negociación, el mercado se vuelve un teatro de lo absurdo. Un vendedor que desea obtener 100 € por un producto, pero lo publica a 150 € previendo un regateo, no solo está inflando artificialmente el precio: está excluyendo a quienes, de buena fe, estaban dispuestos a pagar el valor real del objeto sin discutir. Es una injusticia silenciosa que penaliza a quienes actúan con honestidad y premia al que presiona o manipula mejor. En ese sentido, el regateo es profundamente desleal.

Además, este juego de precios inflados y luego recortados fomenta una dinámica de inflación encubierta. Si todos comenzamos a subir los precios «por si acaso», el valor real de las cosas se distorsiona y se pierde toda referencia lógica del mercado. Lo que debería ser una transacción clara y transparente se convierte en una pantomima que no beneficia ni al vendedor ni al comprador a largo plazo.

El regateo no solo consume tiempo y energía —que podrían destinarse a producir, mejorar o crear—, sino que también rebaja la dignidad del comercio, transformándolo en una especie de mercadillo permanente donde todo está sujeto a discusión. Es un síntoma de desconfianza generalizada: nadie cree en el precio que ve, nadie cree en el valor que ofrece el otro. Es, en definitiva, una práctica chabacana que deberíamos dejar atrás.

En mi opinión, no solo no deberíamos aceptar el regateo: tampoco deberíamos permitirlo como parte de nuestras prácticas. Es dañino para los mercados de productos, casas, coches y cualquier otra área donde el precio debería reflejar con precisión el valor, el estado y la intención de venta. Es más: una legislación clara que lo prohíba no sería descabellada, ya que ayudaría a limpiar el comercio de estas prácticas poco éticas y generaría entornos más justos, estables y transparentes para todos.

El comercio necesita reglas claras, precios sinceros y respeto mutuo. El regateo es lo contrario de todo eso.


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