En la vida moderna, muchas personas caen en lo que podría llamarse «la falacia de llegar a la meta»: la creencia de que alcanzar un objetivo específico traerá consigo una felicidad duradera o una sensación permanente de plenitud. Esta falacia se manifiesta en distintas áreas: en lo profesional, en lo personal, en lo físico, e incluso en lo espiritual. Se trata de una trampa psicológica donde el valor se coloca únicamente en la llegada, ignorando el proceso.
Un ejemplo común ocurre en el mundo académico. Un estudiante puede convencerse de que al terminar la universidad se sentirá completamente realizado. Pasa años esforzándose, sacrificando tiempo personal y soportando altos niveles de estrés. Pero al recibir su título, la satisfacción es breve. A los pocos días, surge una nueva preocupación: encontrar empleo, destacar en el mercado laboral, o perseguir otro título. El objetivo alcanzado no proporciona la plenitud esperada, solo da paso a la siguiente meta.
En el ámbito laboral también se repite esta falacia. Un profesional puede pensar que, al obtener un ascenso o alcanzar cierta cifra de ingresos, se sentirá finalmente satisfecho. Sin embargo, al lograrlo, descubre que la presión aumenta, que la comparación con otros persiste, y que el deseo por más reconocimiento o poder no desaparece. El ascenso no soluciona su ansiedad ni le ofrece la calma prometida.
La falacia también se manifiesta en temas de salud y estética. Alguien que busca perder peso puede convencerse de que al ver un determinado número en la balanza será feliz. Pero una vez logrado, descubre que la inseguridad permanece, o que ahora teme recuperar lo perdido. Lo mismo ocurre con quienes se proponen correr un maratón o lograr cierto nivel de rendimiento físico: al cruzar la meta, no encuentran la paz, sino el deseo de superar esa marca.
Esta falacia es especialmente peligrosa porque posterga la satisfacción personal y emocional. Se alimenta de la idea de que la felicidad está siempre adelante, en el futuro, nunca en el presente. En realidad, muchas veces la alegría está en el proceso: en el crecimiento, en el aprendizaje, en la lucha diaria por mejorar. Cuando se vive únicamente para “llegar”, se pierde de vista lo que se está viviendo hoy.
Superar esta falacia implica un cambio de mentalidad. No se trata de renunciar a las metas, sino de cambiar la relación con ellas. Entender que los objetivos pueden ser brújulas, no promesas. La vida no se “resuelve” al cumplir metas, porque siempre surgirán nuevas. Lo valioso es cómo se camina, no solo a dónde se llega. Al reconocer esto, se abre la puerta a una vida más consciente, menos ansiosa, y más auténticamente plena.
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