Halagos sin Compromiso

En nuestra vida cotidiana nos encontramos con un comportamiento que, a primera vista, parece contradictorio: personas que no paran de alabarte, lo mismo en persona que en redes sociales, pero que a la hora de la verdad nunca se muestran dispuestas a compartir un café, una charla o un rato juntos. Este fenómeno guarda un curioso paralelismo con lo que popularmente se conoce como el “muerto alabado”: cuando alguien fallece, de pronto surgen discursos de admiración y cariño por parte de quienes, en vida, apenas dedicaban unos minutos —o ni eso— a esa persona.

Además, hay otro matiz muy común y doloroso: aquellas personas que solo te alaban y valoran cuando ya no te tienen. Es decir, que durante el tiempo en que estuvieron cerca, o incluso cuando aún mantenían una relación contigo, no mostraban interés ni reconocimiento, y es solo al perderte o alejarse cuando empiezan a idealizarte y a expresarte palabras de admiración. Este fenómeno no solo refleja la ausencia de verdadero aprecio en el momento presente, sino también una tendencia humana a valorar más aquello que ya no está al alcance, una especie de nostalgia tardía que a menudo llega demasiado tarde para reparar el daño o construir puentes reales.

En ambos casos hay un elemento común: la distancia entre la alabanza verbal y el compromiso real. Esa brecha revela mucho sobre nuestras motivaciones: ¿buscamos simplemente la imagen de cercanía y simpatía sin renunciar a nuestra comodidad?

Desde la perspectiva psicológica, la conducta de “halagar sin quedar” puede entenderse como una forma de autoprotección social. Al ofrecer cumplidos, reforzamos nuestra propia imagen de persona amable y considerada, sin asumir los riesgos que conlleva la verdadera intimidad: vulnerabilidad, inversión de tiempo y esfuerzo, o la posibilidad de un rechazo genuino. Así, la alabanza se convierte en un arma de doble filo: “yo muestro cariño, pero sin entregar nada en reciprocidad”.

Un ejemplo moderno lo encontramos en las redes sociales: es frecuente que alguien comente en tus fotos “¡qué guapa!” o “¡qué buen contenido!”, pero luego nunca responda a tus mensajes directos o se niegue a quedar para tomar un café. Este fenómeno, a veces llamado “aplauso virtual”, alimenta el ego momentáneo pero no construye relaciones sólidas.

Otro caso ilustrativo sucede en el ámbito profesional: imaginemos a un compañero de trabajo que, cada vez que presentas un proyecto, te felicita efusivamente y te dice lo mucho que valora tu esfuerzo… pero que nunca te invita a su equipo ni te recomienda para oportunidades importantes. Esa “aprobación sin compromiso” puede generar frustración y desconcierto, pues carece de la concreción necesaria para traducirse en un vínculo real.

Incluso en la cultura popular contamos con ejemplos del “muerto alabado” en vida: personajes históricos a los que se rendía homenaje póstumo (placas, museos, biografías) cuando en realidad habían sufrido ostracismo o indiferencia en su época. Van Gogh, hoy encumbrado como genio, fue prácticamente ignorado mientras vivía; solo tras su muerte llegaron las flores y las exposiciones.

Este comportamiento de “halagar sin quedar” pone de relieve una tensión muy humana entre la necesidad de reconocimiento y el temor al compromiso. Nos recuerda que la verdadera amistad —igual que la verdadera admiración— no se limita a palabras bonitas o reacciones en pantalla, sino que implica también presencia, tiempo y, a veces, sacrificio. Solo cuando se convierte en acción, ese elogio deja de ser un simple eco vacío para transformarse en un auténtico regalo compartido.


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