Al parecer, leer se ha convertido en un lujo. Un vicio caro, casi una extravagancia burguesa. Pasearse por una librería hoy en día es como entrar en una joyería: te acercas a una mesa de novedades, tomas un libro entre las manos, miras el precio y lo sueltas con el mismo gesto con el que uno suelta una copa de cristal que no puede pagar si se rompe. Porque claro, ¿Quién tiene 25 euros para gastarse en un solo libro? Bueno, los ricos, por supuesto. Para los demás, leer es una tentación que viene sin descuento.

Y hablando de descuentos: en las rebajas, los libros brillan por su ausencia. Rebajan zapatos, televisores, jamones, toallas, perfumes… pero los libros no. Como si fueran santos intocables, inmunes al capitalismo, pero no al elitismo. ¿Un 30% menos en novela negra o poesía contemporánea? ¡Jamás! Aquí, si quieres cultura, que te cueste. Ya te harán sentir culpable por no leer, pero no esperes que te lo pongan fácil. La lectura es una actividad sagrada, pero con ticket de entrada premium.
Los libros, nos han dicho siempre, son ventanas al mundo, herramientas de emancipación, instrumentos de pensamiento crítico. Pero ahora esas ventanas tienen marcos de oro. ¡Y qué ventanas más exclusivas! En la práctica, la cultura escrita ha quedado secuestrada por las élites económicas. Leer es un lujo que exige tener tiempo (otro privilegio) y dinero (un lujo que ya ni se finge universal). A este paso, vamos a necesitar financiación a plazos para leer.
Y lo más irónico de todo: nos echan la culpa a nosotros. A los ciudadanos. A los jóvenes. A los trabajadores. Que si ya nadie quiere leer, que si vivimos idiotizados por las pantallas, que si TikTok ha matado la literatura. ¡Y los periódicos, los suplementos culturales, los tertulianos, todos indignados con el “desinterés” por la lectura! Pero ni una palabra del elefante en la habitación: el precio. ¿Cómo no va a bajar el número de lectores si leer cuesta lo mismo que llenar media nevera?
No hablamos ya de coleccionistas de primeras ediciones ni de ediciones ilustradas de lujo. Hablamos de libros normales, de bolsillo, con gramajes dudosos y tapas que se despegan a la tercera lectura. Libros de editoriales grandes que podrían bajar precios, pero prefieren vender menos y más caro que llegar a más gente. Total, para eso ya están las campañas institucionales: esas que promueven la lectura mientras recortan presupuestos a las bibliotecas públicas.
Porque sí, claro, está la biblioteca. Pero las bibliotecas están saturadas, mal financiadas, con listas de espera de meses para los libros más demandados. Y en muchos pueblos o barrios ni siquiera tienen una en condiciones. Además, desde ciertos discursos institucionales, se nos ha inculcado que hay que “comprar libros para apoyar a los autores”. Pero, ¿apoyar cómo, si no llegamos a fin de mes? ¿Apoyar a quién, si de cada libro vendido el autor recibe migajas?
Y luego está el problema del «libro leído». Ese objeto inútil que, una vez ha cumplido su función (unas pocas horas de lectura), queda como monumento decorativo. No lo puedes vender, porque nadie compra libros de segunda mano. No lo puedes donar, porque las bibliotecas muchas veces no los quieren. Sí, con suerte quizás tu ejemplar de 24,99€ pase a formar parte de una caja en el trastero, o a decorar estanterías mientras acumula polvo. Una fortuna para unos pocos minutos de lectura.
Entonces no, no es que no queramos leer. Es que no nos dejan. Es que leer ya no es un derecho, es un producto. Uno caro, además. Y en este contexto, seguir culpando al público de no leer es no solo injusto, sino profundamente cínico. Lo que debería ser un bien común se ha convertido en una mercancía de lujo.
Así que sí, los libros son para ricos. O para pobres que se endeudan por cultura. Porque al parecer, en esta economía, hasta pensar tiene precio.
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