Correr detrás de una pelota

En muchos colegios, el recreo se ha convertido en una rutina predecible: suena el timbre, los niños corren al patio y, sin mediar palabra, alguien saca una pelota. En cuestión de segundos, un grupo se forma alrededor del objeto redondo y la persecución comienza. Desde la mirada del adulto, es casi perfecto: los niños están entretenidos, se mueven, no causan problemas. Pero, ¿es esto realmente tan positivo como parece?

Correr detrás de una pelota

Dar una pelota a los niños para que jueguen al fútbol es, sin duda, una solución fácil y rápida. Requiere poca organización, casi nada de recursos, y aparenta fomentar la actividad física y el compañerismo. Sin embargo, cuando se observa con atención, surgen preguntas incómodas: ¿hay verdadera interacción entre ellos? ¿Están compartiendo o simplemente corriendo? ¿Se están conociendo o, por el contrario, repiten una coreografía sin diálogo, sin escucha, sin vínculo?

La imagen de un grupo unido en torno al fútbol es, muchas veces, una ilusión. La estructura del juego no requiere conversación, no invita a la reflexión, ni tampoco permite que todos participen por igual. Los roles se repiten: los más hábiles dominan el juego, los demás se adaptan o quedan fuera. El fútbol, entonces, en lugar de ser una herramienta de inclusión, puede convertirse en una forma de exclusión silenciosa, disfrazada de normalidad.

Peor aún, esta dinámica refuerza la idea de que moverse es suficiente, que basta con “hacer algo” para considerar que se está educando en el tiempo de recreo. Pero, ¿qué pasa con las habilidades sociales? ¿Dónde queda el espacio para conversar, para conocer al otro más allá de su habilidad con el balón? ¿Cómo se desarrollan la empatía, la escucha, el diálogo, si el tiempo compartido se reduce a perseguir un objetivo que no exige palabras ni reflexión?

La crítica no es al fútbol en sí, que puede ser un juego valioso, inclusivo y educativo cuando se plantea de forma consciente. El problema es convertirlo en el único camino, en la solución automática. Al limitar el recreo a un solo tipo de juego, se limita también la diversidad de vínculos, de intereses, de formas de ser niño.

Quizás es momento de replantearnos: ¿qué tipo de recreos queremos ofrecer? ¿Qué espacios pueden permitir que los niños se expresen, se escuchen, se conozcan de verdad? Tal vez sea más incómodo, más complejo que simplemente dar una pelota, pero también mucho más rico y necesario.


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