En el mundo del diseño y la fabricación de productos, uno de los errores más comunes —y más irritantes para el usuario— es la falta de pruebas reales antes de lanzar un producto al mercado. Hay una desconexión evidente entre quienes diseñan los objetos y quienes deben usarlos a diario. Esta falta de empatía con el consumidor se manifiesta en una infinidad de pequeños fracasos que, aunque aparentemente insignificantes, afectan profundamente la experiencia de uso.

Un ejemplo clásico de este problema son las cajas de cereales. A simple vista, el envase parece funcional: se abre con facilidad y protege su contenido. Pero una vez que se ha roto el precinto original, tratar de volver a cerrar la caja y conservar los cereales frescos es prácticamente imposible. El cartón se ablanda, las solapas ya no encajan, y lo que parecía una caja hermética se convierte en un colador de aire. ¿Tan difícil era probarla después de abrirla una vez?
Otro caso recurrente son los dispositivos electrónicos como radios y televisores, cuyo volumen mínimo es, paradójicamente, excesivo. Durante el día, tal vez pase desapercibido, pero por la noche, cuando todo está en silencio, encender el aparato puede ser un atentado auditivo. El hecho de que un equipo no tenga un rango de volumen verdaderamente bajo demuestra que quienes lo diseñaron no lo usaron jamás en condiciones reales, como ver televisión mientras alguien duerme al lado, o escuchar la radio sin despertar a todo el vecindario.
También están los enchufes o cargadores de gran tamaño, cuyo diseño impide utilizar las tomas vecinas en una regleta. ¿De qué sirve tener una regleta con seis entradas si el cargador ocupa el espacio de tres? Otro ejemplo clásico es el de las impresoras domésticas que exigen cambiar todos los cartuchos si uno solo se agota, incluso si solo quieres imprimir en blanco y negro. Esto no solo es una muestra de mala ingeniería, sino también de un desprecio por el consumidor y su bolsillo.
Estos errores no son accidentes; son síntomas de un proceso de diseño desconectado del mundo real. Lo paradójico es que bastaría con que los propios ingenieros o diseñadores vivieran un par de semanas con sus creaciones para darse cuenta de los fallos. Pero eso no sucede. Prima la estética, la reducción de costos, o simplemente la falta de una cultura de prueba con usuarios reales.
El resultado es una acumulación de frustraciones diarias que podrían haberse evitado con algo tan simple como ponerse en los zapatos del usuario. Porque al final, el verdadero diseño no es el que luce bien en la mesa de dibujo, sino el que funciona bien en la vida real.
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