Vivimos en una época donde la tecnología ha colonizado cada rincón de nuestra vida cotidiana. Lo que empezó como una herramienta para facilitar tareas se ha convertido en una tiranía invisible que nos gobierna. Hemos llegado al punto en que dependemos absurdamente de sistemas eléctricos, electrónicos y digitales para realizar incluso las tareas más simples. Y lo más alarmante no es que lo permitamos… sino que lo celebremos.
Tomemos un ejemplo doméstico: el cepillo de dientes. Hace apenas unas décadas, bastaba un sencillo objeto de plástico y cerdas para mantener la higiene bucal. Hoy, usamos cepillos eléctricos con temporizador, sensor de presión, bluetooth y conexión a apps que nos dicen si estamos cepillando correctamente. Si se rompe o se queda sin batería, ¿sabemos aún mover la muñeca para limpiar los dientes?
La dependencia no termina en el baño. Hemos sustituido los coches de combustión por coches eléctricos que, aunque ecológicos en apariencia, están sujetos a redes de carga y software que los convierten en cajas inútiles ante un fallo eléctrico. Las placas solares —el gran símbolo de la sostenibilidad— dejan de funcionar ante un apagón, porque dependen de inversores y baterías electrónicas. Y no hablemos de las radios digitales, que desaparecen en cuanto el suministro eléctrico se corta, eliminando de golpe décadas de robustez y simplicidad de las viejas radios analógicas, esas que sobrevivían a cualquier tormenta.
El ejemplo más reciente y grotesco fue el apagón en España en abril de 2025, cuando la red móvil colapsó y nos recordó brutalmente nuestra fragilidad. De un momento a otro, cero comunicaciones, cero internet, cero mensajes. Y cuando el móvil murió, nos dimos cuenta de lo que realmente habíamos perdido: cero relojes, cero despertadores, cero linternas, cero fotografías, cero películas, cero archivos. En resumen, cero memoria. Nos quedamos sin pasado y sin presente, mirando nuestras manos vacías.
La ironía máxima, sin embargo, llega del mundo del automóvil. Estamos reemplazando los retrovisores por cámaras. Un sistema que puede fallar con un simple error de software o un corte eléctrico. Quizás dentro de cincuenta años, algún genio del marketing anunciará el último grito en seguridad automovilística: un dispositivo que no consume electricidad, que funciona de día y de noche, que nunca se cuelga y que ofrece una visión directa… al que llamaremos, con pomposo asombro, “espejo”.
La sustitución de lo mecánico por lo electrónico no es progreso, es fragilidad disfrazada de modernidad. Estamos eliminando redundancias, esas capas de seguridad que nos permitían sobrevivir cuando algo fallaba. Hemos olvidado que la resiliencia no nace de lo complejo, sino de lo simple. Un mundo donde todo depende de la electricidad es un castillo de naipes listo para desplomarse al primer soplo.
El problema no es la tecnología en sí, sino la estupidez de nuestra dependencia absoluta. Hemos olvidado cómo vivir sin pantallas, sin baterías, sin apps. Estamos atrapados en una jaula brillante y cómoda, que nosotros mismos hemos construido, sin darnos cuenta de que hemos tirado la llave.
Descubre más desde Hauschildt
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.