Tarjetas de puntos

Lo que parecía una simpática estrategia de fidelización se ha convertido en uno de los mecanismos de control social más poderosos y peligrosos de la era moderna. Las tarjetas de puntos de supermercados y tiendas, aquellas que nos prometen descuentos minúsculos y supuestos premios fabulosos, funcionan como auténticos espías personales. Bajo la apariencia inofensiva de una tarjeta de beneficios, se esconde un sistema de vigilancia masivo que registra cada producto que elegimos, cada marca que preferimos y cada cantidad que consumimos. Así, sin apenas darnos cuenta, alimentamos una gigantesca base de datos que puede revelar más sobre nosotros que cualquier interrogatorio.

Tarjetas de puntos

No se trata solo de saber cuántos rollos de papel higiénico compramos. Se trata de deducir cuántas veces vamos al baño, si vivimos solos o en familia, si nuestra economía es holgada o ajustada, si sufrimos de alguna enfermedad, si estamos deprimidos o si nuestra dieta cambia por algún motivo personal o de salud. Todo queda registrado: desde el tipo de leche que tomamos hasta los medicamentos de venta libre que compramos. No es una simple lista de compras, es un retrato exhaustivo de nuestra vida privada.

Pero el asunto se vuelve aún más oscuro: ¿en manos de quién puede terminar esta información? No podemos ser ingenuos. Gobiernos, organismos de control, aseguradoras, bancos y corporaciones podrían utilizar estos datos para evaluar si estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, si nuestros hábitos de consumo revelan deudas ocultas, adicciones, o inestabilidad económica. En manos equivocadas, esta información podría ser usada para negar créditos, aumentar primas de seguros, restringir acceso a ciertos beneficios o, incluso, para clasificarnos como «riesgosos» o «problemáticos» en listas que ni siquiera sabríamos que existen.

Además, no podemos descartar escenarios más siniestros: ciberdelincuentes o mafias podrían acceder a esta información para extorsionar, estafar o manipular a individuos vulnerables. La línea que separa el marketing «personalizado» del control social orwelliano es cada vez más delgada, casi invisible.

¿Vale la pena sacrificar nuestra privacidad por unos pocos puntos acumulados o un descuento de 5% en una compra? ¿Realmente estamos dispuestos a intercambiar el control sobre nuestra vida por promociones diseñadas únicamente para incentivarnos a consumir más? Cada vez que pasamos una tarjeta de puntos o aceptamos una nueva aplicación móvil de una tienda, estamos firmando un pacto silencioso: entregamos nuestros datos más íntimos a cambio de migajas.

La conclusión es clara y urgente: debemos cancelar todas las tarjetas de puntos, darnos de baja de las aplicaciones que monitorizan cada paso que damos en los supermercados y volver a comprar de forma anónima, libre y consciente. No podemos seguir permitiendo que se construya un perfil tan detallado de nuestras vidas bajo la falsa promesa de «beneficios exclusivos».

Hoy son las compras de alimentos. Mañana, ¿serán nuestras actividades recreativas, nuestras relaciones personales o nuestras creencias las que quedarán registradas en un archivo secreto? La vigilancia comercial es solo el primer paso hacia una sociedad donde el consumo deja de ser una elección y pasa a ser un arma de control.

¿Estamos dispuestos a aceptarlo?


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