En el mundo de la política, hay una clase de dirigentes que han convertido la incompetencia en su sello distintivo. Se trata de aquellos que nunca han trabajado fuera de la burbuja gubernamental, que no han generado riqueza ni empleo en el sector privado, y que, sin embargo, pretenden dirigir la economía y la vida de los ciudadanos con una simple receta: prohibir, obligar y, sobre todo, subir impuestos. Da igual su afiliación partidista, su ideología o sus discursos de campaña; cuando gobiernan, su única solución a cualquier problema es extraer más recursos de los contribuyentes.
La falta de experiencia en la vida real es un problema grave entre los políticos de carrera. Nunca han tenido que enfrentarse a los retos de emprender un negocio, pagar nóminas o competir en un mercado global. Sin embargo, toman decisiones que afectan directamente a quienes sí lo hacen. Su desconocimiento de la economía productiva los lleva a ver en los impuestos la única fuente de solución a cualquier crisis. No entienden que una economía se fortalece con incentivos, con libertad para innovar y con menos trabas burocráticas, no con más cargas fiscales que asfixian a empresas y trabajadores.
Su falta de empatía con la sociedad es otra señal de su ineptitud. Alejados de la realidad cotidiana, viven en un mundo de privilegios, sueldos garantizados y dietas pagadas, mientras exigen sacrificios a los ciudadanos. No comprenden el impacto que tiene en una familia trabajadora cada nuevo aumento de impuestos, cada nueva restricción o cada nueva regulación absurda que encarece la vida. Su respuesta siempre es la misma: más Estado, menos libertad y más dinero del bolsillo ajeno.
La política de la prohibición y la obligación es otro reflejo de su falta de talento. En lugar de buscar soluciones creativas o fomentar la responsabilidad individual, imponen medidas coercitivas sin considerar sus consecuencias. Prohíben lo que no entienden, regulan lo que les incomoda y obligan a la sociedad a adaptarse a sus ocurrencias. Creen que pueden moldear la realidad a su antojo, sin darse cuenta de que la verdadera prosperidad nace de la libertad y la innovación, no de la imposición gubernamental.
El verdadero talento en política no se mide por la capacidad de recaudar más impuestos, sino por la habilidad de gestionar los recursos de manera eficiente, fomentar el crecimiento económico y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos sin recurrir siempre a la expoliación fiscal. Sin embargo, para muchos de nuestros gobernantes, esto parece una tarea imposible. En su mundo limitado, la solución a cualquier problema es siempre la misma: subir impuestos, prohibir lo que no les gusta y obligar a la sociedad a seguir sus dictados.
Mientras la política siga dominada por personas sin experiencia en el mundo real, sin talento para la gestión y sin empatía hacia la sociedad, la situación difícilmente cambiará. La ciudadanía merece líderes que entiendan la economía, que respeten la libertad y que busquen soluciones reales en lugar de recurrir siempre a la misma fórmula fracasada. Hasta entonces, solo podemos esperar más impuestos, más prohibiciones y más imposiciones, mientras la verdadera prosperidad sigue siendo una asignatura pendiente.
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