Cuando era niño, Javier imaginaba un mundo sin fronteras, un solo país donde todos fueran iguales. Pensaba en lo hermoso que sería si no hubiera guerras, si todos se llevaran bien, si no existieran diferencias que los separaran. Le parecía injusto que algunas personas nacieran en lugares con oportunidades mientras que otras apenas podían sobrevivir. Soñaba con un gobierno global, una gran familia humana unida por la paz y la justicia. Creía que, si todos formaban parte de la misma nación, desaparecerían la pobreza, el hambre y la injusticia.
Con los años, su sueño comenzó a tomar forma en la realidad. Los países del mundo occidental se unieron cada vez más, sus gobiernos centralizaron el poder, sus economías se fusionaron y sus leyes se armonizaron bajo una sola autoridad. La idea de naciones independientes comenzó a desvanecerse, y un solo gobierno administraba el destino de millones. Se eliminaban las barreras comerciales, se establecía una moneda única y las decisiones políticas se tomaban desde un centro de poder global.
Al principio, la gente celebró esta unificación. Se proclamaban grandes avances en la estabilidad, la cooperación y la eliminación de conflictos entre naciones. Se hablaba de una nueva era de prosperidad sin divisiones ni desigualdades. Pero lo que alguna vez imaginó como una utopía, pronto comenzó a mostrar su lado oscuro.
Con el poder concentrado en una sola entidad, no había a dónde huir cuando las cosas iban mal. Antes, si un país se volvía opresivo, sus ciudadanos podían escapar a otro lugar más libre. Ahora, no había refugio. No había alternativa. Las leyes eran las mismas en todas partes, los gobernantes se habían convertido en una autoridad absoluta, y la disidencia era sofocada con facilidad. La diversidad de pensamiento se redujo, la cultura se volvió homogénea y cualquier voz disidente era silenciada bajo el pretexto de la unidad y la estabilidad.
Lo que había empezado como una promesa de paz se transformó en una cárcel sin muros. No más guerras entre naciones, pero tampoco más escapatoria. El sueño de igualdad se había convertido en un yugo uniforme que no permitía diversidad ni libertad. Los ciudadanos, antes esperanzados, comenzaron a darse cuenta de que habían entregado su independencia a cambio de una falsa seguridad.
Hoy, Javier mira hacia atrás y se da cuenta de lo ingenuo que fue. La diversidad de países, por caótica que pareciera, era también una garantía de libertad. Siempre había un lugar donde empezar de nuevo, donde las reglas eran distintas y se podía buscar un futuro mejor. Pero ahora, el mundo es uno solo y, con ello, también su destino.
A veces, la fragmentación no es el problema. A veces, la verdadera riqueza del mundo radica en su diversidad, en la posibilidad de cambio y escape. Y ahora que lo han perdido, solo les queda lamentar el día en que creyeron que unirse bajo un solo gobierno los haría libres.
Javier se pregunta si algún día podrán recuperar lo que dejaron atrás, si serán capaces de volver a un mundo donde la libertad signifique poder elegir, no solo obedecer. Pero mientras tanto, siguen atrapados en esta ilusión de unidad, anhelando un pasado que, aunque imperfecto, al menos les daba opciones.
FIN
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