La figura de Robin Hood ha sido mitificada hasta el extremo, convirtiéndolo en un símbolo romántico de la justicia social y la lucha contra la opresión. Sin embargo, si despojamos su historia del aura de nobleza con la que ha sido adornada, nos queda una verdad más cruda: Robin Hood no fue más que un ladrón. Y un ladrón, por mucho que algunos intenten justificarlo, sigue siendo un delincuente.

¿Quién era él para decidir quién merecía ser despojado de sus bienes y quién era digno de recibirlos? Robin Hood se arrogó el derecho de ser juez, jurado y verdugo sin ningún proceso legal, sin pruebas ni argumentos más allá de su propia percepción del bien y el mal. Se presenta como un justiciero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, pero ¿acaso todos los ricos eran culpables y todos los pobres inocentes? La vida real no es una fábula maniquea, y la moralidad no puede reducirse a una simple ecuación de clases sociales.
Lo que realmente representa Robin Hood es la anarquía disfrazada de justicia. Su historia ha sido utilizada por siglos para romantizar la apropiación indebida y justificar la transgresión de la ley bajo el pretexto de una causa noble. Pero si permitimos que la subjetividad de un individuo determine qué es justo y qué no, abrimos la puerta a la arbitrariedad y la corrupción moral. ¿Acaso no es el mismo argumento que utilizan los tiranos para justificar sus abusos?
Lo peor es que en la actualidad seguimos viendo reflejado este pensamiento en la clase política. Nos toca aguantar líderes que, bajo el pretexto de Robin Hood, deciden quién es «rico» y quién es «pobre» según su conveniencia. Muchos trabajadores, fruto de su esfuerzo, son etiquetados como privilegiados mientras los amigos de estos políticos son considerados los verdaderos necesitados. Cualquier individuo puede apropiarse de la idea de Robin Hood y creerse con la potestad de decidir quién merece qué, manipulando la justicia a su antojo.
En lugar de celebrar a Robin Hood como un modelo a seguir, deberíamos analizarlo con mayor escepticismo. No era un redentor, ni un mártir, ni un libertador. Fue, en el mejor de los casos, un forajido con una causa y, en el peor, un criminal que actuó según sus propias reglas, sin importar las consecuencias. La justicia no se impone a base de flechas y saqueos, sino mediante instituciones y principios que garanticen equidad para todos, no solo para aquellos que encajan en la visión subjetiva de un hombre encapuchado.
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