Hipocresía armamentística

En muchos países, las armas de fuego, el deporte de tiro y la caza han sido objeto de una demonización sistemática, hasta el punto de convertirlos en un tabú social. Se ha instalado una narrativa en la que cualquier ciudadano que posea o utilice un arma es visto con desconfianza, mientras que las actividades tradicionales relacionadas con las armas, como la caza y el tiro deportivo, son tachadas de retrógradas o peligrosas. Sin embargo, en una muestra flagrante de hipocresía, estos mismos países no dudan en enviar a sus ciudadanos a la guerra cuando lo consideran necesario.

Hipocresía armamentística

La demonización de las armas en tiempos de paz

En diversas naciones, especialmente en aquellas con políticas fuertemente restrictivas en materia de armas, se ha desarrollado una cultura del miedo hacia todo lo relacionado con ellas. Se prohíben o limitan severamente su posesión y uso, incluso en entornos controlados como clubes de tiro. La caza, una actividad que durante siglos fue considerada parte del equilibrio ecológico y una tradición cultural en muchas sociedades, es cada vez más perseguida y despreciada. La justificación de estas medidas suele basarse en la seguridad pública y la prevención de la violencia, aunque muchas veces se ignoran las estadísticas que muestran que los delitos con armas de fuego son cometidos mayoritariamente con armas ilegales.

La educación sobre el manejo responsable de armas es prácticamente inexistente en estos países, lo que genera un círculo vicioso en el que las armas se ven como instrumentos de muerte en lugar de herramientas con múltiples aplicaciones, desde la defensa personal hasta el deporte. Así, el miedo y el desconocimiento son utilizados como armas políticas para consolidar el rechazo social hacia todo lo relacionado con ellas.

La contradicción de la guerra

Curiosamente, cuando estalla un conflicto bélico o surge la necesidad de intervención militar, esos mismos gobiernos que han satanizado las armas esperan que sus ciudadanos tomen las armas sin cuestionarlo. Los mismos jóvenes que jamás han tenido acceso a una educación armamentística son llamados a empuñar un fusil en nombre de la patria. La narrativa cambia drásticamente: de pronto, las armas dejan de ser una amenaza para la sociedad y se convierten en símbolos de heroísmo y deber.

Esta contradicción es especialmente evidente en países que han limitado al extremo la posesión de armas por parte de civiles, pero que mantienen ejércitos bien armados y dispuestos a intervenir en conflictos internacionales. Se castiga a quien posea un arma legalmente para su defensa o para practicar un deporte, pero se exalta a quien la empuña bajo una bandera nacional cuando conviene a los intereses del Estado.

La verdadera seguridad: educación y coherencia

Si la preocupación genuina de los gobiernos fuera la seguridad de sus ciudadanos, la solución no sería la prohibición absoluta, sino la educación y la formación responsable en el uso de armas. Países como Suiza y Finlandia han demostrado que es posible tener una cultura de armas regulada, donde los ciudadanos pueden poseerlas y usarlas de manera responsable sin que esto derive en altos índices de criminalidad.

La hipocresía de criminalizar las armas en la vida civil mientras se promueve su uso en la guerra debería ser motivo de reflexión. Si las armas son tan peligrosas como argumentan algunos gobiernos, entonces deberían abstenerse de enviarlas al frente de batalla con sus propios ciudadanos. Y si, en cambio, se reconocen como herramientas necesarias en determinadas circunstancias, entonces sería más lógico formar a la población en su manejo en lugar de estigmatizarlas.

En última instancia, la cuestión no es si las armas son buenas o malas en sí mismas, sino cómo se manejan, bajo qué principios y con qué propósito. La coherencia en la política armamentística debería ser un deber de cualquier gobierno que aspire a ser justo con sus ciudadanos, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra.


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