Promotores de guerra

Vivimos en un mundo donde la guerra sigue siendo una herramienta de poder, una estrategia política y económica disfrazada de patriotismo o de defensa de la libertad. Sin embargo, lo más abominable no es solo la existencia de los conflictos armados, sino el hecho de que quienes los promueven nunca serán quienes los sufran.

Promotores de guerra

Políticos, celebridades y poderosos de todo tipo, con discursos inflamados y supuestas convicciones inquebrantables, llaman a la guerra con una facilidad espeluznante. Hablan de sacrificio, de honor, de defender la patria, pero ni ellos ni sus hijos se verán envueltos en el caos que desatan. No serán ellos quienes perderán una pierna por una mina terrestre, ni quienes verán morir a sus amigos en trincheras llenas de lodo y sangre. No serán ellos quienes sufrirán las secuelas psicológicas de una guerra brutal, ni quienes volverán a casa con el alma rota, incapaces de reintegrarse a la sociedad.

Estos promotores de la violencia, con trajes impecables y vidas de lujo, juegan con la sangre ajena como si fuera una simple partida de ajedrez. Algunos tienen intereses económicos ocultos: contratos con la industria armamentística, ventajas geopolíticas o simplemente el deseo de mantener el poder y la influencia a través de la manipulación del miedo. Otros, sencillamente, encuentran en la guerra un macabro entretenimiento, una forma de distraer a las masas mientras ellos continúan acumulando riqueza y privilegios.

Pero el verdadero problema no es solo que existan estas personas. El problema es que nosotros, la sociedad, seguimos escuchándolos. Les damos voz, les damos poder. Les votamos. Los seguimos en redes sociales. Compartimos sus discursos incendiarios, discutimos sus palabras como si fueran verdades absolutas en lugar de estrategias calculadas para su beneficio. Les damos audiencia y, con ello, legitimidad.

Es hora de despertar. Es hora de dejar de ser cómplices de quienes se benefician del sufrimiento ajeno. No podemos seguir permitiendo que estas figuras influyan en nuestras vidas. No debemos votar por ellos, no debemos seguirlos, no debemos amplificar su voz. Porque sin nosotros, sin nuestra atención, sin nuestra validación, no son nada. No tienen ningún poder sin nuestra aprobación.

El cambio no vendrá de ellos. Vendrá de nosotros. Dejar de dar espacio a quienes promueven la guerra es el primer paso hacia un mundo donde la paz no sea solo un sueño, sino una realidad posible. No se trata de ser neutrales, se trata de ser responsables. Se trata de recordar que cada vez que damos poder a un belicista, estamos firmando la sentencia de muerte de alguien más. Y no podemos seguir mirando hacia otro lado.


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