Javier y Laura se encontraron en la vieja plaza de su ciudad natal, después de veinte años sin verse. Se abrazaron con fuerza, sorprendidos de cómo el tiempo había pasado sin piedad sobre sus rostros, pero no sobre sus memorias.

Al poco de iniciar la conversación, descubrieron que ambos habían migrado al mismo país en el extranjero. La casualidad los hizo reír. Sin embargo, cuando empezaron a compartir sus experiencias, notaron que su visión sobre aquel país era completamente opuesta.
—Es un lugar difícil —dijo Javier, con un tono sombrío—. No es tan seguro como dicen, el trabajo es escaso, las calles son sucias y la gente no es tan amable como aparenta.
Laura lo miró incrédula.
—¿De qué hablas? A mí me pareció maravilloso desde el primer día. Todo es limpio, ordenado, la gente es encantadora y siempre hay oportunidades para quien las busca.
Javier suspiró. Sabía que no se iban a poner de acuerdo, pero decidió explicarle su perspectiva.
—Cuando llegué, traía todos mis ahorros. Mi esposa y yo tuvimos que buscar alquiler, pero nadie nos quería arrendar sin contrato de trabajo. Sin conocer el idioma, encontrar empleo fue un calvario. Nadie me sonreía, nadie me ayudaba. Poco a poco, nos fuimos quedando sin dinero. Cada puerta que tocábamos parecía cerrarse en nuestra cara. Fue una lucha constante hasta que logramos estabilizarnos. Para mí, ese país nunca fue cálido ni acogedor.
Laura asintió, pero su expresión reflejaba incredulidad.
—A mí me recibió mi pareja —dijo con una sonrisa—. Ya tenía su casa y su trabajo. La gente siempre fue amable conmigo, todos me sonreían y me ayudaban cuando lo necesitaba. Me sentí arropada y bienvenida.
Javier sonrió con amargura. Ahora entendía por qué sus percepciones eran tan diferentes. El mismo país, pero dos historias distintas. Sus experiencias habían moldeado sus visiones de maneras irreconciliables.
Siguieron conversando, pero cada uno sabía que jamás lograrían ver aquel país de la misma manera. Sin embargo, lo que sí compartían era la certeza de que aquel encuentro, en su tierra natal, les había hecho comprender algo fundamental: no es el lugar, sino el camino que cada uno recorre lo que define su historia. Cuando todo está dado, es fácil ver el mundo como un lugar amable y lleno de oportunidades. Pero cuando hay que luchar por cada paso, las dificultades son más visibles que los privilegios.
Javier reflexionó en silencio mientras miraba a Laura. Aunque no lo quisieran admitir, la realidad es que muchas veces la vida era más benévola con algunas personas que con otras. En su caso, el hecho de ser hombre le había hecho las cosas más difíciles en ciertos aspectos: no hubo sonrisas que le facilitaran el camino ni puertas que se abrieran por simple simpatía.
El atardecer comenzó a teñir el cielo de tonos naranjas y púrpuras. Javier y Laura decidieron caminar un poco más por las calles de su infancia, recordando anécdotas de aquellos años de instituto. Entre risas y recuerdos, sintieron por un instante que el tiempo no había pasado.
—Quién diría que después de tantos años terminaríamos en el mismo país —comentó Laura con una sonrisa—. Es curioso cómo la vida nos llevó por caminos distintos pero al final nos trajo de vuelta aquí.
—Sí, aunque con experiencias muy diferentes —asintió Javier—. Pero al menos hoy nos hemos reencontrado.
El reloj marcó la hora de la despedida. Con un abrazo cálido, se prometieron volver a encontrarse, aunque ambos sabían que quizás no sería pronto. Al separarse, cada uno se llevó consigo la certeza de que, aunque sus vidas tomaron rumbos diferentes, la esencia de su amistad seguía intacta.
FIN
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