Hoy quiero hablar de Papá Noel. Y sí, ya no es Navidad, pero eso no significa que el tema no merezca ser discutido. No me quiero dirigir a los niños en esta ocasión, sino a los adultos. Así que, si tienes a un pequeño cerca, quizás quieras reconsiderar seguir escuchando.

El punto que quiero abordar es el de aquellos padres que, en su afán por mantener la fantasía de Papá Noel, llevan la mentira demasiado lejos. Es entendible querer preservar la magia en la infancia, pero hay un límite razonable. Cada vez es más común encontrar niños de nueve, diez, once y hasta doce años que aún creen en Papá Noel, no porque ellos mismos no hayan empezado a dudar, sino porque sus padres insisten en prolongar la mentira.
Esto ha llegado a niveles absurdos. En la puerta del colegio he escuchado amenazas del tipo: «Que tu hijo no le cuente al mío que Papá Noel no existe». ¡Una locura! La respuesta ha sido clara: «Yo a mi hijo no le pienso mentir». Además, mi hijo no es tonto y hace rato que se ha dado cuenta de la realidad. Una cosa es que el niño no pregunte y otra muy distinta es que afirme que Papá Noel no existe y el adulto insista en negarlo. ¡Peor aún si se llega al punto de amenazar a otros padres para que no arruinen la farsa!
Nos hemos convertido en una sociedad infantilizada. En lugar de fomentar el pensamiento crítico y el desarrollo de nuestros hijos, preferimos sumergirnos en una burbuja de fantasía. Y esto tiene consecuencias: cuando el niño finalmente descubra la verdad, si su amigo le dijo la realidad mientras sus padres insistieron en la mentira, ¿a quién crees que va a respetar más?
Es hora de reflexionar sobre hasta qué punto estamos dispuestos a llegar por mantener una tradición. La magia de la Navidad no reside en engañar a los niños, sino en compartir momentos significativos con ellos. Enseñarles la verdad no les roba la infancia, sino que les da herramientas para enfrentar la vida con madurez y criterio.
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