¿Es esto el ecologismo?

Hoy, nos enfrentamos una vez más a un cambio en las frecuencias de las señales de televisión, un proceso que obliga a millones de personas a actualizar o incluso desechar sus televisores antiguos. Esta es una cuestión que plantea un sinnúmero de interrogantes, tanto desde una perspectiva económica como ecológica. Si bien la transición hacia nuevas tecnologías y mejoras en las comunicaciones puede ser comprensible desde el punto de vista técnico, el impacto que este tipo de decisiones tiene sobre los consumidores y el medio ambiente no puede ser ignorado.

¿Es esto el ecologismo?

En primer lugar, surge una inquietud inmediata: ¿es este cambio realmente compatible con los principios del ecologismo? La respuesta, a primera vista, parece ser negativa. Cada vez que se cambia la frecuencia, la mayoría de los televisores antiguos quedan obsoletos, forzando a los usuarios a deshacerse de ellos. Esta práctica no solo genera un enorme volumen de residuos electrónicos —uno de los tipos de desechos más tóxicos y difíciles de reciclar—, sino que también implica un derroche de recursos y materiales que podrían haberse aprovechado durante más tiempo. ¿Es posible que, bajo el pretexto de avanzar tecnológicamente, estemos promoviendo un modelo de consumo que favorece la obsolescencia programada?

¿Por qué tendremos que cambiar los televisores?

El cambio en las frecuencias de las señales de televisión suele ocurrir por razones técnicas o regulatorias, como la transición de señales analógicas a digitales, la liberación de espectro para tecnologías como el 5G, la adaptación a nuevos estándares de transmisión (como ATSC 3.0 en América del Norte) o la evolución hacia televisores que soporten HD y 4K. Estos avances buscan mejorar la calidad de imagen y aumentar la capacidad de las señales, pero no todos los televisores antiguos son compatibles con estos cambios, lo que obliga a los consumidores a actualizar sus equipos o, en muchos casos, a desecharlos.

El hecho de que no todos los televisores sirvan plantea una contradicción evidente. Mientras el mundo aboga por un futuro más sostenible, la industria sigue empujando a los consumidores a reemplazar sus dispositivos de forma constante. Esto no solo resulta costoso para los hogares, sino que también aumenta la huella de carbono asociada con la fabricación, transporte y disposición de estos productos. La «economía circular», tan promovida en las políticas ambientales modernas, parece quedar en un segundo plano cuando se toman decisiones que perpetúan el ciclo de compra-derroche, más que fomentar la reutilización o el reciclaje adecuado.

¿Cuántas veces más tendremos que cambiar las antenas o los televisores?

Esta pregunta refleja una frustración creciente entre los usuarios, que se sienten atrapados en un ciclo interminable. Si bien es cierto que las nuevas tecnologías ofrecen ventajas en términos de calidad y eficiencia, la frecuencia con la que estos cambios ocurren, muchas veces sin una justificación clara o accesible para el público, crea una desconexión entre el progreso y las necesidades reales de los consumidores. Cada cambio en las frecuencias parece un paso más en la dirección equivocada: una que no tiene en cuenta el gasto económico y ambiental acumulado de cada transición.

Además, el impacto económico es innegable. La necesidad de adquirir nuevos televisores o adaptadores pone un peso adicional sobre las familias, especialmente en tiempos de incertidumbre económica. Las campañas de actualización no siempre son inclusivas ni accesibles para todos los sectores de la sociedad, lo que lleva a una división digital aún más marcada. En lugar de apoyar a la ciudadanía, estas medidas parecen empujarla hacia el consumo innecesario, obligando a muchas personas a desprenderse de dispositivos que aún podrían ser funcionales si no fuera por el afán de cambiar las frecuencias o las tecnologías.


El cambio constante en las frecuencias de la televisión pone en evidencia una contradicción fundamental en las políticas que promueven el ecologismo. Si bien los avances tecnológicos y la modernización de los servicios son fundamentales, estas decisiones deben tener en cuenta los costos económicos y ecológicos a largo plazo. Un verdadero enfoque sostenible debería centrarse en la reutilización, la reparación y la durabilidad de los productos, no en la acelerada obsolescencia. La pregunta sigue siendo válida: ¿hasta cuándo estaremos dispuestos a derrochar recursos, destruir lo que aún funciona y aceptar un modelo de progreso que no es ni justo ni ambientalmente responsable?


Descubre más desde Hauschildt

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar