En cada reunión, en cada partido informal, en cada bar donde se hable de fútbol, tenis o cualquier otro deporte. Ese sujeto que, con una cerveza en una mano y una barriga que desafía las leyes de la gravedad, suelta con toda seguridad: «Yo era buenísimo jugando, pero no quise dedicarme profesionalmente.»

¡Por supuesto, campeón! Seguro que los ojeadores de los mejores equipos del mundo estaban rogando por ti, pero decidiste «ser humilde» y dejarlos sin tu talento. Qué noble de tu parte, privar al mundo de semejante leyenda viviente.
Porque claro, no es que no fueras tan bueno, ni que hubiera cientos de miles mejores que tú. No, no. Es que tú no quisiste. Porque los contratos millonarios estaban sobre la mesa, pero elegiste la oficina, la carpintería o el Uber, en un acto de sacrificio extremo por la humanidad.
Lo mejor es cuando te dicen:
«Yo jugaba mejor que Messi a su edad».
«En mi barrio me decían ‘el Maradona de la cuadra'».
«Yo gané un torneo, pero después ya no me interesó seguir».
Pero aquí viene la realidad, y si duele, mejor toma asiento: si has pagado por jugar y no te han pagado por hacerlo, no eras tan bueno. Si has pagado por competir en un torneo de fútbol, de tenis, de ajedrez o de petanca, y no te han ofrecido dinero por participar en uno más grande, es que tu talento era… digamos, normalito. Si has pagado por concursar en algo de belleza y no has recibido un contrato de modelaje, pues tan bello no eras. Punto.
Esto no es maldad, es simple lógica. A los buenos de verdad los buscan y les pagan. No andan diciendo que no quisieron. Así que la próxima vez que veas a uno de estos «exfutbolistas frustrados», sonríe y asiente con la cabeza. Déjalo soñar. Después de todo, si no fue profesional, fue porque no quiso… ¿o porque simplemente no daba la talla?
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