Hay una casta especial de individuos que han elevado el arte de la pedantería a niveles olímpicos. Son aquellos que quieren que sepas que saben, pero jamás permitirán que realmente descubras qué es lo que saben. Médicos, abogados, economistas, ingenieros… cada uno en su respectiva trinchera de jerga ininteligible, armados con las palabras más rebuscadas que su ego les permita encontrar. No es que quieran aclarar nada, al contrario: su objetivo es aturdirte con su «sabiduría» para que jamás te atrevas a preguntar algo que los pueda poner en aprietos.

Los médicos, por ejemplo, tienen un talento especial para esto. En lugar de decir «tienes una infección», te recitan un diagnóstico en latín que suena más a hechizo de Harry Potter que a información útil. Si te atreves a preguntar qué significa, te mirarán con desdén y suspirarán como si fueras un niño de cinco años preguntando por qué el cielo es azul.
Los abogados, por su parte, han convertido el lenguaje en un arma de confusión masiva. Podrían decir «el contrato es inválido», pero no, prefieren soltar un «este instrumento adolece de nulidad absoluta en virtud de la causal prevista en el artículo 345 del Código Civil». Y ahí estás tú, asintiendo con la cabeza como si entendieras, mientras piensas si la nulidad absoluta es mejor o peor que una nulidad relativa.
Los economistas son una especie aparte. Podrían explicarte que los precios suben porque hay más demanda que oferta, pero eso sería demasiado accesible. En cambio, te disparan con un «estamos presenciando una contracción monetaria derivada de un incremento en la base circulante, que impacta negativamente en la curva de oferta agregada». Y tú solo querías saber por qué la leche cuesta el doble que el mes pasado.
Luego vienen los ingenieros, esos seres iluminados que creen que la vida es una ecuación diferencial. En lugar de explicarte por qué tu internet es lento, te lanzan una disertación sobre «las fluctuaciones de latencia en la transmisión de paquetes debido a una congestión en la arquitectura de red con un cuello de botella en la capa de transporte». Y tú solo querías ver Netflix sin interrupciones.
Pero si creías que esto era lo peor, espera a conocer a los políticos. Sobre todo, los liberales o libertarios, esos campeones del name-dropping. No pueden tener una conversación sin mencionar a Hayek, Mises, Friedman y, si se sienten particularmente intelectuales, Aristóteles. No importa de qué hables, siempre hay un libro, una frase o una fecha histórica que supuestamente confirma su punto. «Como decía Bastiat en 1850…» y tú, en el minuto dos de la charla, ya estás mirando fijamente la pared pensando en qué vas a cenar.
La realidad es que nadie los escucha. Sus discursos son monólogos de autosatisfacción intelectual que solo sirven para alimentar su ego. Porque, al final del día, saber mucho no sirve de nada si no sabes explicarlo. Pero claro, eso sería demasiado sencillo, y si algo detestan los sabelotodos es la sencillez. Porque si la gente entiende lo que dicen, entonces alguien podría atreverse a debatirlos… y ahí sí que se acaba la magia.
Así que ahí los tienes, los reyes del humo académico y político, siempre dispuestos a iluminarte con su conocimiento… siempre y cuando nunca llegues a comprenderlo.
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