La desconexión

Es un fenómeno recurrente y tristemente familiar: políticos que, tras conquistar el poder, parecen perder contacto con las realidades cotidianas de la mayoría de las personas a las que representan. La promesa de servir al pueblo se diluye rápidamente en las comodidades de los privilegios del poder, y la distancia entre gobernantes y gobernados se convierte en un abismo. Esta desconexión no es un simple accidente, sino un reflejo de las estructuras y dinámicas que dominan la política contemporánea.

La desconexión

Cuando un político accede a un cargo de poder, es común que su entorno cambie radicalmente. Pasan de vivir entre personas comunes a rodearse de asesores, lobbistas y miembros de la élite económica y social. Las preocupaciones inmediatas dejan de ser las cuentas a fin de mes, el costo del transporte público o la precariedad laboral, para convertirse en debates técnicos, negociaciones de alto nivel y la dinámica de preservar el poder. En este ambiente, resulta demasiado fácil olvidarse de las dificultades diarias que enfrenta la ciudadanía.

Un aspecto crítico de esta desconexión es la rapidez con la que los políticos se adaptan a los privilegios del poder. Automóviles oficiales, dietas abultadas, viajes financiados y una cohorte de asistentes se convierten en la nueva normalidad. Este círculo cerrado no solo les proporciona comodidad, sino también una perspectiva sesgada. Las decisiones que afectan a millones de personas se toman desde la burbuja de los salones de poder, sin un entendimiento real de cómo impactan en las vidas de quienes deben enfrentar cada día las desigualdades, la inseguridad y la falta de oportunidades.

Esta desconexión también se refleja en cómo los políticos manejan las demandas ciudadanas. La retórica de campaña, llena de promesas y empatía, se convierte en justificaciones y excusas una vez en el poder. “No hay presupuesto”, “es más complejo de lo que parece” o “el pueblo no entiende las limitaciones” son frases que justifican el inmovilismo o las medidas que favorecen a las élites. Este discurso perpetúa la desilusión y el escepticismo entre la ciudadanía, que percibe cómo sus luchas y sacrificios son minimizados o ignorados.

Sin embargo, no se trata solo de una cuestión de carácter personal de los políticos, sino de una problemática estructural. Los sistemas políticos están diseñados de manera que perpetúan esta desconexión. Las campañas electorales suelen ser financiadas por grandes intereses económicos, que luego esperan que sus agendas sean prioritarias. Además, las instituciones suelen estar organizadas de forma que favorecen la centralización del poder y el acceso desigual a la toma de decisiones.

La desconexión entre los políticos y la ciudadanía no solo es un problema de representación, sino también una amenaza para la democracia misma. Cuando las personas sienten que sus gobernantes no entienden ni comparten sus preocupaciones, aumenta el descontento, la apatía y la desconfianza en las instituciones. Esto puede dar lugar a movimientos populistas o extremistas que prometen un cambio radical, pero que a menudo terminan reproduciendo los mismos vicios del sistema.

Es imperativo encontrar formas de cerrar esta brecha. Esto requiere, entre otras cosas, mayor transparencia, mecanismos efectivos de participación ciudadana y una voluntad real de los políticos para mantenerse conectados con las bases que los eligieron. Solo así podrá reconstruirse la confianza y garantizar que el poder sirva verdaderamente al bien común, en lugar de convertirse en un fin en sí mismo.


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