En un rincón olvidado del mundo, había un pequeño valle donde todos los espejos del planeta se reunían. No eran espejos comunes, como los que encontramos en las casas o en las tiendas. Estos espejos tenían el poder de reflejar no solo lo que veían, sino también lo que uno llevaba en el corazón. Había espejos que mostraban los miedos, las tristezas y los sueños de quienes se paraban frente a ellos, mientras que otros reflejaban la pureza, el coraje y la esperanza.

Una tarde, un joven llamado Eder decidió aventurarse en ese misterioso valle. Había escuchado historias sobre su magia, pero más que nada, sentía una curiosidad profunda por entender qué reflejaría él mismo. Se sentía perdido, sin saber quién era ni qué quería ser en la vida. Su alma estaba envuelta en dudas, y su corazón, aunque lleno de amor, parecía estar a la deriva.
Caminó durante horas entre las montañas y los árboles hasta llegar al centro del valle. Allí, en un claro rodeado de flores y luz, se encontraba el primero de los espejos. Era grande, más alto que cualquier ser humano, y su superficie brillaba como el cristal más fino. Eder se acercó con cautela, sin saber qué esperar.
Cuando se miró en el espejo, vio una imagen extraña. No era su rostro ni su cuerpo lo que reflejaba. En lugar de eso, veía a un niño temeroso, con los ojos llenos de inseguridad, luchando por encontrar su lugar en el mundo. El reflejo lo observaba, pero no lo reconocía como su propio ser. «¿Quién soy?», susurró Eder, con el eco de su voz resonando en el valle.
De pronto, una suave brisa sopló, y el espejo comenzó a hablar. «No soy solo un reflejo de lo que eres, querido Eder. Soy un reflejo de lo que temes ser. Pero eso no es todo lo que eres. Todos tienen más de lo que ven en ellos mismos.»
Eder, con la mente confusa, decidió seguir adelante. Más allá del primer espejo, encontró uno pequeño, de bordes dorados. Al mirarse en este, vio una imagen diferente. Era una imagen de él mismo abrazando a las personas que amaba, riendo y compartiendo momentos de alegría. Había luz en su rostro, y sus ojos brillaban con esperanza. Por un momento, sintió una paz que no había sentido en mucho tiempo. Pero tan pronto como trató de acercarse más, la imagen desapareció, y el espejo se desvaneció ante él.
«Lo que ves no es la totalidad de ti», dijo una voz profunda desde el fondo del valle. «Lo que ves son las huellas de lo que has dejado atrás. No olvides que el camino que aún te queda por recorrer está lleno de posibilidades.»
Confuso pero intrigado, Eder siguió buscando más espejos. En su búsqueda, encontró uno que, aunque opaco, emitía una luz cálida. Decidió mirarse una vez más. Esta vez, en lugar de ver su rostro o su alma, vio una figura distinta: él mismo, con el corazón lleno de valentía, enfrentando sus miedos y buscando su propósito sin rendirse. La imagen no era perfecta, pero emanaba una fuerza interior que Eder nunca antes había visto. La figura de él mismo, aunque con cicatrices y caídas, estaba decidida a seguir adelante.
«Este es tu verdadero reflejo», dijo el último espejo. «No eres solo tus temores ni solo tus sueños. Eres todo lo que has vivido, lo que eres ahora y todo lo que serás en el futuro. Tu valor no depende de tu perfección, sino de tu voluntad de ser tú mismo.»
Con una sonrisa tranquila en el rostro, Eder comprendió que no necesitaba ser perfecto, ni tener todas las respuestas. Lo único que necesitaba era ser fiel a sí mismo y abrazar cada parte de su ser. Ya no sentía miedo del camino, porque entendió que su valor no radicaba en lo que otros esperaban de él, sino en el coraje de seguir adelante, a pesar de todo.
Al salir del Valle de los Espejos, Eder no era el mismo. Aunque aún había muchas preguntas por responder, llevaba consigo una verdad simple y poderosa: el reflejo de su ser más profundo lo acompañaría siempre, y su valor no estaba en lo que veía, sino en lo que sentía y en lo que aún podía llegar a ser.
Y así, siguió su viaje, sabiendo que cada paso que diera lo acercaría más a la persona que estaba destinado a ser.
FIN
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