Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, un relojero llamado Esteban. Esteban vivía en una casa modesta al final de la calle principal, donde su tienda de relojes, llena de engranajes y relojes antiguos, era el alma del lugar. Cada mañana, abría su tienda y comenzaba a trabajar con esmero en sus relojes, reparando y dando nueva vida a cada uno de ellos.

Esteban no era un hombre de muchas palabras. Su mundo estaba lleno de silencio, pero en ese silencio encontraba su paz. No le importaba mucho lo que ocurría fuera de su tienda. Mientras los demás hablaban de política, de amores rotos o de cambios en el mundo, él se dedicaba solo a lo que sabía hacer: dar vida a los relojes.
Un día, un extraño visitante entró en su tienda. Era una mujer alta, de cabello oscuro y ojos brillantes. Llevaba un vestido largo, con un bolso de cuero en el que se asomaba un reloj de arena antiguo. El reloj no era común; su arena parecía brillar con una luz suave y cálida, como si el tiempo que contenía fuera diferente al que conocían los demás.
“Buen día,” dijo la mujer con una sonrisa enigmática. “Vengo a que arregles este reloj de arena. Nadie sabe cómo hacerlo funcionar, pero he oído que eres el mejor en lo que haces.”
Esteban observó el reloj con atención. Era un objeto delicado, y algo en su diseño le parecía familiar, aunque no sabía de qué. Miró a la mujer y, sin decir palabra, aceptó el desafío. La mujer le dejó el reloj y, sin más, salió de la tienda.
Pasaron los días, y Esteban dedicó horas y horas a intentar entender el funcionamiento de aquel reloj de arena. Cada vez que parecía acercarse a una solución, algo extraño ocurría: el reloj se deshacía en sus manos o la arena dejaba de fluir. No entendía cómo podía ser tan difícil de reparar un objeto tan aparentemente sencillo.
Una noche, agotado y con la mente nublada por la frustración, Esteban se quedó mirando el reloj. En ese momento, una idea repentina cruzó por su mente. El reloj de arena no era un objeto físico, sino algo más. La arena que contenía no representaba solo el paso del tiempo, sino los momentos que uno elige vivir.
Esteban comenzó a entender que el reloj de arena no necesitaba reparación, sino comprensión. No se trataba de arreglar su mecanismo, sino de entender su esencia. Cada grano de arena era un instante, y no debía forzarlos a encajar, sino permitir que fluyeran con naturalidad.
Esa misma noche, cuando la luna llena iluminaba la tienda, Esteban giró el reloj de arena con cuidado y lo colocó sobre la mesa. La arena comenzó a fluir suavemente, pero algo más sucedió: el tiempo dejó de ser una carga. Esteban ya no sentía que tenía que apresurarse, que debía cumplir con un horario, ni que tenía que buscar la solución perfecta. El reloj de arena le enseñó a vivir sin presiones.
Al día siguiente, la mujer regresó a la tienda. Esteban, sin decir palabra, le entregó el reloj de arena, que ahora brillaba con una luz serena. Ella lo observó, sonrió y asintió.
“Gracias, Esteban,” dijo suavemente. “No era un reloj que necesitaba reparaciones. Era un reloj que solo podía enseñarte a escuchar tu propio tiempo.”
Y con esas palabras, la mujer se despidió y desapareció tan misteriosamente como había llegado.
Desde ese día, Esteban nunca más apresuró el paso. Aprendió a escuchar el tiempo, a vivir en cada momento sin prisa. Su tienda siguió siendo la misma, pero su vida cambió por completo. Ya no se aferraba a las horas ni a los minutos, porque entendió que el verdadero regalo del tiempo es saber disfrutarlo, sin prisas ni preocupaciones.
Y así, Esteban se convirtió no solo en el mejor relojero del pueblo, sino también en el guardián del tiempo, aquel que sabía que no siempre es necesario reparar lo que está roto, sino aprender a ver lo que hay detrás de la superficie.
FIN
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