Había una vez un hombre llamado Raúl, un obrero honrado que vivía en un país lleno de matices. Aunque la incertidumbre sobrevolaba ocasionalmente como un ave negra, en general, quien trabajaba duro y daba lo mejor de sí mismo podía salir adelante. Claro está, no todos contaban con las mismas posibilidades, ni todos tenían las mismas ganas de esforzarse, lo que daba lugar a una desigualdad de clases que, aunque no era perfecta, era vista como una consecuencia natural de la diversidad humana.

Raúl era un hombre simple y práctico. «La política no me interesa», solía decir mientras iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, ajustándose el gorro de su uniforme. Le gustaba pensar que lo único que necesitaba era su sudor y su constancia para vivir decentemente. Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar el día que apareció un político carismático llamado Juan Acosta.
Acosta tenía algo especial. Sus discursos resonaban como música para los oídos: hablaba de igualdad, de justicia social y de un país donde nadie quedaría atrás. Su tono era el de un líder que parecía entender los problemas de todos, y su imagen era cercana, casi familiar. Las frases que repetía, como «Un país para todos, no solo para unos pocos», eran tan atractivas que hasta los más escépticos empezaron a creer en él. No es de extrañar que ganara las elecciones con una mayoría aplastante.
Raúl apenas prestó atención. «Mientras no me molesten, todo está bien», pensó. Pero poco después, las reformas de Acosta comenzaron. Los impuestos subieron, se implementaron nuevas tasas, y el presidente explicaba en cada discurso que estas medidas estaban dirigidas únicamente a los ricos. A Raúl le pareció justo. «Por fin esos ricos tendrán que pagar lo que deben», decía con satisfacción mientras veía las noticias en su viejo televisor.
Sin embargo, algo empezó a torcerse. Cada vez que iba al supermercado, notaba que su dinero alcanzaba para menos. Primero dejó de comprar salmón, luego el vino, y, poco a poco, sus pequeñas indulgencias desaparecieron. El aceite de oliva virgen extra fue reemplazado por el de marca blanca, las vacaciones se acortaron y el coche empezó a mostrar señales de desgaste, pero no había dinero para repararlo o cambiarlo.
El golpe final llegó una mañana gris, cuando su jefe lo llamó a la oficina para comunicarle que la empresa estaba cerrando debido a las nuevas regulaciones e impuestos. Raúl se quedó sin palabras. Nunca había pensado que la situación podía afectarle de esta manera.
Con pocas opciones, decidió emigrar. Un primo suyo vivía en un país vecino donde la economía florecía y las oportunidades eran abundantes. Raúl recogió lo poco que tenía, dejó su hogar atrás y comenzó de nuevo. Los primeros años fueron duros, pero poco a poco logró estabilizarse. Encontró un trabajo decente, alquiló un pequeño apartamento y hasta retomó algunos de los lujos que había perdido, como un buen vino de vez en cuando.
Pero la tranquilidad no duró mucho. Un día, durante el almuerzo en la oficina, Raúl escuchó un discurso en la televisión. Un nuevo candidato, con palabras melosas y promesas de igualdad absoluta, había captado la atención de todos. Raúl sintió un escalofrío. Ese tono, esas promesas, todo le resultaba dolorosamente familiar. Intentó advertir a sus compañeros. Les contó su historia, les explicó cómo las políticas de «igualdad» habían devastado su vida en el pasado. Pero sus palabras cayeron en saco roto. «Eres un exagerado», le decían. «Esto es diferente».
A pesar de sus esfuerzos, el nuevo político ganó las elecciones. Y, como si el destino estuviera jugando una cruel broma, la historia se repitió. Los impuestos subieron, los precios escalaron, y las oportunidades comenzaron a desaparecer. Una vez más, Raúl se encontró atrapado en un ciclo que conocía demasiado bien.
Con el tiempo, Raúl llegó a una amarga conclusión: la gente tiene la extraña habilidad de repetir los errores del pasado, cegada por promesas que suenan demasiado bien para ser ciertas. Mientras observaba cómo su nuevo hogar seguía el mismo camino que el anterior, Raúl se dio cuenta de que, aunque había escapado una vez, tal vez la verdadera lección era más profunda. Decidió compartir su historia con quien quisiera escuchar, con la esperanza de que, algún día, alguien rompa el ciclo.
Y así, Raúl siguió adelante, con la esperanza de que el futuro, aunque incierto, pudiera traer consigo el aprendizaje que tanto parecía esquivo para la humanidad.
FIN
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