Era la última noche del año en casa de los López. La mesa estaba puesta, sencilla pero llena de pequeños detalles que hablaban del amor de una familia unida: el mantel bordado por la abuela, velas hechas a mano por los niños, y un aroma a comida casera que llenaba cada rincón. No había lujos, pero sí sonrisas, abrazos, y esa calidez que no se compra en ninguna tienda.
María, la madre, apagó el televisor justo cuando los conductores del programa especial empezaban su típico discurso. «¡Pero, mamá! ¿Cómo vamos a saber cuándo comer las uvas?» protestó Sofía, su hija mayor, con el teléfono en la mano lista para grabar el momento.
«No necesitamos a nadie que nos diga qué hacer ni cuándo hacerlo,» respondió María con una sonrisa suave pero firme. «Tenemos un reloj, pero más importante, nos tenemos a nosotros. Esta noche es para mirarnos, para hablar de nuestros sueños, para abrazarnos como si el tiempo no existiera.»
Los más pequeños se miraron confundidos, pero luego se encogieron de hombros y siguieron jugando con sus primos. Los adultos, algo incómodos al principio, dejaron de lado sus celulares y comenzaron a charlar entre ellos. Lentamente, la magia de la noche empezó a sentirse de otra manera.
El abuelo Tomás, con su voz pausada, tomó la palabra: «¿Saben? Antes, las despedidas de año eran diferentes. No teníamos pantallas. Nos sentábamos a compartir historias, a reírnos hasta que doliera la barriga, y a recordar lo afortunados que éramos de tenernos. Esta noche, me siento como si volviéramos a esos tiempos.»
Cuando el reloj marcó las doce, no hubo campanadas por televisión, ni cuenta regresiva impuesta por un animador vestido de gala. Los López alzaron sus copas con un brindis lleno de cariño y esperanza. Los abrazos se hicieron largos y apretados. Cada «te quiero» fue un regalo más valioso que cualquier cosa material.
Sofía, que había dejado el teléfono sobre la mesa, sintió algo distinto esa noche. Al mirar a sus padres y a sus hermanos, comprendió lo que su madre había dicho: las miradas y las risas reales tienen un brillo que ninguna pantalla puede igualar.
Cuando el abuelo sacó su vieja guitarra y empezó a tocar canciones que todos conocían, la casa se llenó de música y alegría. Bailaron, cantaron y rieron hasta que el cansancio les ganó. Y mientras los más pequeños dormían en el sofá, los adultos seguían conversando, agradeciendo por otro año juntos.
Esa noche, los López no necesitaron uvas para pedir deseos. Se dieron cuenta de que ya tenían lo más importante: el amor de una familia que, en cada abrazo y mirada, les recordaba que el mejor inicio de año no dependía de un televisor, sino de estar presentes, juntos, y agradecidos.
FIN
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