Había una vez, en un reino lejano, un hombre llamado Darío. Era un campesino de mediana edad, fuerte y trabajador, pero constantemente frustrado. Vivía en un pueblo pequeño, rodeado de verdes colinas y campos fértiles. Su vida, a simple vista, parecía plena: tenía una esposa amorosa, tres hijos sanos y una pequeña casa de adobe con un huerto que él mismo cultivaba. Sin embargo, Darío no era feliz. Cada vez que miraba a su vecino, un hombre llamado Teo, sentía que la envidia lo quemaba por dentro.

Teo era un agricultor sencillo, pero tenía una particular habilidad para hacer crecer las plantas. Sus cultivos siempre eran los más verdes, sus árboles frutales daban frutos más jugosos y su granja parecía un pequeño paraíso en medio del campo. No solo eso, sino que Teo era querido por todos en el pueblo, pues siempre compartía su cosecha con los necesitados y ayudaba a quienes lo pedían sin esperar nada a cambio.
A Darío le molestaba ver cómo la gente elogiaba a Teo y cómo hablaban de su bondad y talento. Para él, Teo era simplemente un hombre con suerte, alguien a quien la vida le había dado más de lo que merecía. ¿Por qué Teo tenía que tener lo mejor, mientras él se esforzaba cada día y apenas lograba subsistir? La envidia creció en Darío como una sombra oscura que le nublaba la vista, y cada vez que pensaba en Teo, su corazón se llenaba de amargura.
Pasaron los meses, y un día llegó al pueblo un extraño anciano que se hacía llamar el Sabio Errante. Los habitantes del pueblo decían que tenía el poder de conceder deseos y que cada persona podía pedirle algo especial. Darío, ansioso por superar a Teo, pensó que esa era su oportunidad para demostrar que él también podía tener la prosperidad que tanto deseaba. Así que, sin dudarlo, fue a buscar al anciano y le contó sus deseos de ser el mejor agricultor del pueblo, de que su huerto floreciera más que el de cualquier otro y que todos lo admiraran.
El Sabio Errante escuchó atentamente y luego, mirándolo con ojos penetrantes, le dijo: «Concederé tu deseo, pero a cambio deberás pasar una noche en el Laberinto de la Verdad. Solo los valientes y aquellos con un corazón sincero logran encontrar la salida. Si lo haces, tendrás lo que deseas.»
Darío, sin entender del todo lo que significaban esas palabras, aceptó el desafío. Creía que sus deseos estaban al alcance y que nada podía detenerlo. Esa noche, el anciano lo llevó a las afueras del pueblo, donde lo esperaba un inmenso laberinto de setos que parecía no tener fin. Darío entró sin vacilar, decidido a encontrar la salida y obtener aquello que tanto anhelaba.
A medida que avanzaba, comenzó a sentir un extraño peso en el pecho, como si una carga invisible se aferrara a él. Las paredes del laberinto parecían moverse, cada paso era más difícil, y las sombras parecían susurrarle al oído. «Nunca serás como Teo…», le decían, «Tu vida es un desperdicio… Nadie te admira…» Cuanto más avanzaba, más se perdía en sus propios pensamientos y en la angustia de querer lo que no tenía.
Después de horas vagando sin encontrar la salida, Darío empezó a desesperarse. Sentía hambre, cansancio y, sobre todo, una profunda tristeza. Entonces, en uno de los rincones oscuros del laberinto, se encontró con una especie de espejo tallado en la piedra. La imagen reflejada no era él mismo, sino un rostro extraño y sombrío, una figura encorvada y oscura. Al acercarse, reconoció en aquella imagen lo que llevaba dentro: un hombre atrapado en la envidia y la amargura, incapaz de disfrutar lo que tenía.
«¿Es esto lo que soy?», preguntó en voz baja, sin esperar respuesta. Al instante, la figura en el espejo le respondió con una voz fría y áspera: «Eres lo que decides ser, Darío. Tienes una familia, tienes salud, tienes todo para ser feliz, pero sigues atrapado en el deseo de lo que otros poseen. La envidia te ha cegado, y si no cambias, permanecerás perdido aquí, en este laberinto, para siempre.»
Darío sintió miedo, pero al mismo tiempo una chispa de esperanza. Se dio cuenta de que la envidia lo había llevado a perderse a sí mismo, a no ver todo lo que tenía a su alrededor. Decidió que, en vez de buscar la salida, buscaría la forma de encontrar paz consigo mismo. Se sentó en el suelo, cerró los ojos y empezó a recordar a su esposa, a sus hijos, su casa, su pequeña huerta. Poco a poco, el peso que sentía en el pecho comenzó a aliviarse, y un sentimiento de gratitud inundó su corazón.
Sin embargo, justo cuando creyó que había hallado la paz, escuchó el eco de risas y aplausos que provenían del centro del laberinto. Abrió los ojos y la envidia regresó como un puñal, y pensó: ¿Por qué yo debo estar aquí mientras todos afuera alaban a Teo? En un instante, la oscuridad volvió a cernirse sobre él, y el laberinto se cerró aún más. Darío intentó regresar al estado de calma, pero la sombra de la envidia era más fuerte.
Pasaron los días y, finalmente, el pueblo comenzó a preocuparse por Darío. Fueron en busca del Sabio Errante, pero este solo dijo: «Ha sido consumido por el Laberinto de la Verdad. Solo él tiene el poder de salir.» Teo, quien había oído hablar de la desaparición de su vecino, decidió ir al laberinto. Sabía que Darío no lo apreciaba, pero no lo culpaba; pensaba que quizás podría ayudarlo.
Teo entró en el laberinto, y al poco tiempo encontró a Darío sentado, abatido y desesperado. Con una sonrisa, se acercó a él y le tendió la mano. «Darío, todos te están esperando. Tu familia te extraña, y el pueblo te necesita.»
Darío, avergonzado, aceptó la mano de Teo, aunque en el fondo de su corazón, la envidia aún ardía. Al salir del laberinto, juró que cambiaría, que valoraría lo que tenía y dejaría de envidiar a los demás.
Sin embargo, esa promesa fue breve. Aunque Darío intentó por un tiempo vivir con gratitud, la sombra de la envidia nunca se fue de su corazón. Cada vez que veía a Teo siendo admirado y querido, su corazón se llenaba de amargura nuevamente, y poco a poco, el resentimiento creció hasta consumirlo por completo.
Así, Darío pasó el resto de su vida insatisfecho, incapaz de disfrutar sus propios logros y su propia vida. Su envidia lo encadenó a un laberinto interno del que nunca pudo escapar.
Moraleja: La envidia es un laberinto del que solo nosotros podemos salir. Si no aprendemos a valorar lo que tenemos y a trabajar en nuestros propios logros, estaremos condenados a perdernos en la sombra de nuestros propios deseos no cumplidos. El verdadero camino hacia la felicidad está en reconocer y agradecer lo que poseemos, no en anhelar lo que tienen los demás.
FIN
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