La tercera ley de Newton, también conocida como el principio de acción y reacción, establece que por cada acción siempre hay una reacción igual y en sentido contrario. Esto significa que si un objeto A ejerce una fuerza sobre un objeto B, el objeto B ejercerá una fuerza de igual magnitud pero en dirección opuesta sobre el objeto A. La fórmula matemática para expresar esta ley es:
FAB=−FBA
Donde ( F{AB} ) es la fuerza que ejerce A sobre B y ( F{BA} ) es la fuerza que B ejerce sobre A. Ambas fuerzas son iguales en magnitud y opuestas en dirección.

Un ejemplo clásico de esta ley es cuando empujas una pared con tus manos: aunque no lo veas, la pared está ejerciendo una fuerza igual y opuesta sobre ti. Otro ejemplo sería el de las canicas: cuando una canica golpea a otra, la segunda canica ejerce una fuerza igual y opuesta sobre la primera, lo que puede hacer que la primera canica se detenga y la segunda se mueva.
Es importante destacar que estas fuerzas de acción y reacción actúan sobre objetos diferentes, por lo que no se cancelan entre sí y son fundamentales para entender cómo los objetos interactúan en nuestro universo.
Relaciones de causa y efecto
Las relaciones de causa y efecto son fundamentales para entender cómo suceden los eventos en el mundo. Se refieren a la conexión entre un evento o acción (la causa) y su consecuencia (el efecto). En términos simples, la causa es lo que produce el efecto, y el efecto es lo que resulta de la causa.
Por ejemplo, si no regamos una planta durante un tiempo prolongado (causa), esta morirá por falta de agua (efecto). O, si caminamos bajo la lluvia sin protección (causa), nos mojaremos (efecto).
En la filosofía, la relación de causa y efecto ha sido un tema de interés desde tiempos antiguos. Aristóteles, por ejemplo, identificó cuatro tipos de causas: material, formal, eficiente y final. La causalidad es un concepto que ha evolucionado a lo largo del tiempo, y aunque ha sido cuestionada por filósofos como David Hume, sigue siendo una parte esencial del razonamiento científico.
En la vida cotidiana, las relaciones de causa y efecto nos ayudan a predecir las consecuencias de nuestras acciones y a entender los eventos que nos rodean. Por ejemplo, sabemos que si cocinamos un huevo (causa), este se endurecerá (efecto), o si presionamos el pedal del freno en un coche (causa), el vehículo se detendrá (efecto).
Las relaciones de causa y efecto son una herramienta conceptual que nos permite comprender y explicar los fenómenos que ocurren en nuestra vida diaria y en el universo en general.
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